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La doble prueba de Sarín

sarin

David Toribio era uno de los mozos que custodiaban a las niñas en el famoso “cuadro” de la Calleja e impedían que la avalancha de gente las arrollase. Fue testigo de éxtasis inolvidables, que relata con toda precisión gracias a su prodigiosa memoria.

Un día, hace no mucho, David se encontró con Sarín, una vecina de Cosío. Cosío es el pueblo más cercano a Garabandal, abajo en el valle. Cosío era también lugar de paso obligado para todos los peregrinos. Allí moría la carretera y de allí arrancaba el sendero que conducía -por la falda del “Jormazu”- hasta San Sebastián de Garabandal.

Apenas se intercambiaron algunos saludos, Sarín le preguntó: “¡Ay, Davizuco, ¿te acuerdas de lo que pasó en el pueblo en el año 61?”. David respondió: “Claro que me acuerdo”.

El título de este artículo está tomado de las palabras de un informe del P. José María Alba Cereceda, S.J., el cual constató: "Según la valoración de los médicos, es impensable una explicación psicológica o anormal, como tampoco algo comercial interesado, propagandístico, fraudulento en lo familiar o en la colectividad del pueblo". Su informe es una llamada a fijarnos en el mensaje que nos ha sido dado a través de estas apariciones.

En su informe, el P. José María Andreu, S.J. (testigo ocular durante las apariciones en Garabandal) relata que era muy frecuente oír a las niñas decir cuando estaban en estado de trance esta frase: "No te vaigas", y que así expresaban su deseos de continuar en su estado de trance o, dicho en otras palabras, de continuar viendo a la Virgen.

Un largo silencio

La intervención -o la falta de ella, según dicen algunos- de la Santa Sede respecto a Garabandal podría parecer a algunos como una prueba de la no veracidad de los hechos. Sin embargo, si miramos más a fondo, veremos que concuerda perfectamente con las normas establecidas en 1978 por la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre el modo de proceder en el discernimiento de presuntas apariciones y revelaciones marianas.

Una tercera declaración

Esta carta del Card. Joseph Ratzinger es la tercera emitida desde la Congregación para la Doctrina de Fe respeto a los acontecimientos acaecidos en Garabandal entre los años 1961-1965.

El magnetofón

magnetofon

Esta anécdota está sacada del informe del P. José María Andreu, S.J., testigo ocular de las apariciones.

Hay una escena, sucedida en los primeros días del mes de agosto, que se refiere a un magnetofón. Un señor llevó un aparato magnetofónico de pilas y grabó lo que las niñas dijeron en un trance en el pinar. La referencia de este suceso la tengo por D. José Salceda de Aguilar de Campoo, testigo de lo que aquí cuento.

El tiempo de Adviento no solo nos recuerda de lo pasado, de celebrar y contemplar el nacimiento de Jesús en Belén, sino que nos recuerda también su presencia constante entre nosotros y cómo hemos de vivir siempre vigilantes ante su venida futura en gloria.

¿Cómo es mi deseo de encontrarme con Dios y con la Virgen? ¿Es grande? Nosotros nos alegramos muchas veces de cosas vanas y pasajeras que no traen la alegría verdadera. Conchita habla aquí de la felicidad de Dios que la Virgen sembró en su alma. La felicidad verdadera está en ser amados y en amar a Dios. Muchas veces buscamos la felicidad donde no la podemos encontrar.

Una nueva luz sobre el veredicto diocesano

Para alguien que desconozca las expresiones que emplea la Iglesia al valorar un posible caso de apariciones, las palabras que se encuentran en la segunda nota de Mons. Fernández (lo que podríamos considerar como el primer veredicto diocesano) pueden llevar a entender que él afirma la no sobrenaturalidad de los hechos que tuvieron lugar en San Sebastián de Garabandal. Sin embargo, no es así.

¿Un garabato?

garabato

María José Juliani tiene alrededor de ochenta y cinco años, pero es alegre y dicharachera como si tuviera un tercio de los años que tiene. Hace unos días estuvo de nuevo en San Sebastián de Garabandal. No había vuelto desde su primera visita, hace ya cincuenta y cinco años, en el mes de agosto de 1961.
María José llegó a Garabandal de la mano de uno de sus hermanos, que, impresionado por lo que había allí, llevaba todo el mes de agosto viviendo en la aldea. Llegó por el camino de entonces, poco más que un sendero con algunos repechos que solo los vehículos todoterrenos podían remontar. Y pasó allí cuatro días que nunca ha podido olvidar.

pinos

Del diario de Conchita:
«Estando un día en la iglesia, la Virgen me ha dicho en una locución que la vería el 13 de noviembre en los pinos. Me dijo que esta sería una aparición especial para besar objetos religiosos y repartirlos después, ya que tienen gran importancia. ¡Yo estaba con grandes deseos de que llegase ese día, para volver a ver a quien ha sembrado en mí la felicidad de Dios! Estaba lloviendo, pero a mí no me importó. Subí a los pinos y llevaba conmigo muchos rosarios que hacía poco me los habían regalado para repartirlos; y, como me había dicho la Virgen en la locución, los llevé para que los besara.
Subiendo sola a los pinos iba diciéndome, como muy arrepentida de mis defectos, que no caería más en ellos, porque me daba apuro presentarme delante de la Madre de Dios sin quitarlos. Cuando llegué a los pinos empecé a sacar los rosarios que llevaba; y estándolos sacando, oí una voz muy dulce, la de la Virgen, que se distingue entre todas, y me llamaba por mi nombre. Yo le he contestado: ¿Qué? Y, en ese momento, la he visto con el Niño en brazos.
Venía vestida como siempre y muy sonriente. Yo le he dicho: “Ya he venido a traerte los rosarios para que los beses”. Y ella me ha dicho: “Ya lo veo”. Yo traía masticando un chicle, pero cuando la estaba viendo dejé de masticarlo y lo he puesto en una muela. Y ella ha notado que lo traía y me ha dicho: “Conchita, ¿por qué no dejas tu chicle y lo ofreces como un sacrificio por la gloria de mi Hijo?”. Y yo, con vergüenza, me lo he sacado y lo he tirado en el suelo.
Después me ha dicho: “¿Te acuerdas de lo que te dije el día de tu santo de que sufrirás mucho en la tierra? Pues te lo vuelvo a decir. Ten confianza en nosotros y lo ofrecerás con gusto a nuestros corazones por el bien de tus hermanos. Porque así estarás más unida a nosotros”.  Yo le he dicho: “¡Qué indigna soy, oh Madre nuestra, de tantas gracias recibidas por Vos, y todavía venir hoy a mí para sobrellevar la pequeña cruz que ahora tengo”.
Ella me ha dicho: “Conchita, no vengo solo por ti, sino que vengo por todos mis hijos, con el deseo de acercarlos a nuestros corazones”. Y me ha pedido: “Dame para que pueda besar todo los que traes”. Y se lo he dado. Llevaba conmigo una cruz, y la ha besado, y después me ha dicho: “Pásala por las manos del Niño”. Y yo lo he hecho y él no ha dicho nada. Yo le he dicho: “Esta cruz la llevaré conmigo al convento”, pero no me ha dicho nada. Después de besarlos me ha dicho: “Mi Hijo, por medio de este beso que yo he dado aquí, hará prodigios. Repártelos a los demás”. Claro, yo así lo haré. Después de esto me ha pedido le diga las peticiones por los demás que me habían encomendado. Y yo se las he dicho. Y me ha dicho: “Dime, Conchita, dime cosas de mi hijos, a todos los tengo bajo mi manto”. Yo le he dicho: “Es muy pequeño, no cabemos todos”.
Ella se ha sonreído. “¿Sabes, Conchita, por qué no he venido yo el 18 de junio a darte el mensaje para el mundo? Porque me daba pena decíroslo yo, pero os lo tengo que decir para bien vuestro y gloria de Dios si lo cumplís. Os quiero mucho y deseo vuestra salvación, para reuniros en torno del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¿Verdad, Conchita, que tú me responderás?”. Y yo le he dicho: “Si estuviese siempre viéndote, sí; pero si no, no lo sé, porque soy muy mala”. “Tú pon de tu parte todo y nosotros te ayudaremos, como también a mis hijas Loli, Jacinta y Mª Cruz”. Ha estado muy poco. También me dijo: “Será la última vez que me veas aquí, pero estaré siempre contigo y con todos mis hijos”. Después añadió: “Conchita, ¿por qué no vas a menudo a visitar a mi Hijo al Santísimo? ¿Por qué te dejas llevar por la pereza, no yendo a visitarle cuando os está esperando de día y de noche?”.
Como ya he escrito, estaba lloviendo mucho, y la Virgen y el Niño no se mojaban nada. Yo, cuando los estaba viendo no me daba cuenta de que llovía, pero cuando dejé de verlos estaba mojada. Yo he dicho: “¡Ay, qué feliz soy cuando os veo! ¿Por qué no me llevas contigo ahora?”. Y me ha contestado: “Acuérdate de lo que te dije el día de tu santo: al presentarte delante de Dios, tienes que mostrarle tus manos llenas de obras hechas por ti en favor de tus hermanos y para gloria de Dios, y ahora las tienes vacías”.
Y nada más. Se ha pasado ese feliz rato que he pasado con mi Mamá del cielo y mi amiga, y con el Niño. Los he dejado de ver, pero no de sentirlos. De nuevo han sembrado en mi ánimo una paz y una alegría y unos grandes deseos de vencer mis defectos para conseguir amar con todas mis fuerzas a los corazones de Jesús y de María, que tanto nos quieren. Anteriormente, la Virgen me ha dicho que Jesús no mandaba el castigo para hacernos sufrir, sino para reprendernos de que no le hacemos caso, y por ayudarnos. Y el aviso nos lo manda para purificarnos, para hacernos ver el milagro con el cual nos muestra claramente el amor que nos tiene; y por eso el deseo de que cumplamos el mensaje».

"¿Quiénes somos nosotros para que Nuestra Madre venga, nos hable, nos dé un mensaje y nos diga lo que tenemos que hacer? ¿Es que merecemos esta visita?" Una palabra ya sería un regalo y Ella nos regaló muchas. El simple hecho de que la Virgen venga a visitarnos ya es algo extraordinario y de tanto valor que no debemos exigir ni querer nada más.

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