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Documentación

María González, Madre de Jacinta

Al principio me costó mucho creer y le decía a Jacinta: ¡Ay Jacinta, antes de nacer me diste molestias y ahora, Dios mío, qué disgustos me estás dando!.
Estábamos en la cocina, y me dice Jacinta:
-- ¡Ay mamá!, estuvimos cogiendo manzanas y ya estábamos en la Calleja cuando Conchita dio un grito. Al dar ese grito, quedó mirando para arriba. Miramos y vimos un resplandor nosotras y nos quedamos igual que Conchita.
La primera vez que me habló de esto Jacinta, no la creía. Yo no se lo decía a nadie, ni a mis familiares. A mí no se me ocurría decírselo a nadie porque se me hacía que era una cosa de crías, que por un oído me entraba y por el otro me salía.
No le hacía caso, ni las madres de las otras chiquillas me lo decían a mi, ni yo se lo decía a ellas, ni nos ajuntábamos a comentarlo entre las cuatro familias, nada, nada.
A los ocho días llamamos a unas cuantas vecinas; una era Clementina.
-- Venir con nosotras, que no nos creen.
Se impresionaron al verlas así. Se lo dijeron a todo el mundo; lo comentaron y ya empezó a ir la gente. Lo que yo vi y sentí el primer día que vi las apariciones lo tendré presente hasta que me muera.
¡Yo pensé volverme loca la primera vez que la vi!. Era en la Calleja, estaban las cuatro, y, al comentarlo las otras que ya lo hablan visto, pues fuimos a verlo. Simón lo vio de lejos y después le pesó no haber ido mas cerca.
Al ver a mi hija, según la vi, me puse a dar unos gritos grandísimos; tan grandísimos que me tapaban la boca. Yo nunca había visto esas cosas y yo decía:
-- ¡Ay, Dios mío!. ¿Qué será esto?.
 Yo no pensaba qué sería aquello. Para eso, ya venía ella diciéndome todo lo que veía y no la creíamos. Una vez dice ella:
-- Hoy vino un resplandor y vimos una letras que no las entendíamos, un letrero como un cuadro.
Un día, el señor cura dijo a las niñas que le preguntasen a la Visión que quién era y por qué venía.
Había veces que me quedaba satisfecha: Decía yo, pues sí, sí, algo hay. Y, otras veces, volvían mis dudas:
-- ¡Ay, Dios mío!, ¿qué será?.
Las niñas nunca habían salido del pueblo, no eran instruidas. A Jacinta la mandaba poco a la escuela porque andaba con las ovejas por ahí; sabía leer, pero poco.
Una vez le digo yo a Mari Loli y a Jacinta:
-- ¿Sabéis qué os digo?. Que os voy a poner aquí un botellucu con agua bendita y, cuando tengáis la aparición, se la echáis y, si es el demoniucu, se irá.
 Fue una cosa rarísima. Tuvieron aparición y cogieron el botellucu. Estaban allí aquel día una que se llama Chon(Asunción), de Burgos, y otra que se llama Catherine, que era judía. Echaron el agua bendita hacia la Aparición y le cayó toda a la judía, todo encima de ella, que luego se convirtió.
Con agua natural, si se echa, cae delante de los pies; mientras que, aquel día, el agua marchó de aquí y fue a parar a la judía, o sea, en dirección opuesta a donde se echaba. Eso la conmovió mucho a Catherine, que se bautizó.
 Vi muchísimos éxtasis. Me acuerdo que, al principio, solían ir de noche extasiadas las cuatro. Las dejábamos una en cada casa, sin reloj ni nada, a ver si se juntaban las cuatro allí y se juntaban.
A lo mejor caían dos extasiadas aquí. Las otras dos detrás; y, cuando se ponían éstas a rezar o a santiguarse, se ponían las de delante a hacer lo mismo, hacían el mismo gesto, igual, igual, sin verse.
Cuando las carreras extáticas, se quedaban mejor que los que corrían tras de ellas. Los hijos míos a veces corrían detrás de ellas. El mayor tenía 19 años y Jacinta 12; él es fuerte e iba corriendo detrás de ellas y ellas extasiadas, con las manos así, y ellas, cuando paraban, paraban en seco, así: ¡Pom!. ¡Ellos iban a parar allí adelante!. Ellas se quedaban tan frescas como si no hubiesen corrido nada.
Hay noches que dormían poco, y al otro día, sin embargo, iban a trabajar y a todo lo que fuera y se quedaban tan sonrientes, tan simpáticas como si no habría pasado nada.
A veces decían:
-- Si no me he movido de aquí.
Es porque muchas veces el éxtasis terminaba donde comenzó y no se daban cuenta por donde habían ido, a menos que la Virgen se lo dijese a ellas.
Una vez, ellas iban al sitio llamado "el Cuadro" que había allí en la calleja y no dejaban entrar allí nada más que a los familiares y a los curas, para que no se agrupara la gente donde ellas. Estábamos allí arriba en el Cuadro, y caen más abajo extasiadas.
Un médico, al caer de rodillas, agarró el pié de Jacinta según estaba cayendo y la pierna quedó plegada bajo ella y estuvo en aquellas piedras con una rodilla sola en el suelo, lo menos una hora. Yo, al ver eso, sufría pero ella no. La otra pierna estaba doblada, como la dejó el médico cuando la soltó.
Así era siempre; al caer extasiadas, si estaban con las manos así, así se quedaban. Las pinchaban las piernas y no sangraban; terminó la aparición y dice Jacinta:
-- ¡Mamá, me ha dicho la Virgen que me estaban pinchando las piernas!.
Le miraron las piernas y se veían los pinchazos pero sangrar no sangraban.
Yo me acuerdo una vez que estaba Jacinta con anginas en la cama y llovía, y aquel día se había levantado; era en la otra casa vieja. Yo no pensaba que iba a tener aparición. Cuando más descuidada estaba yo, cae allí ella de rodillas y tiene Aparición. Yo me pego a la puerta, sin decir a ella nada, pensando yo:
-- pues por aquí no sales.
Porque llovía y tenía anginas; pero nada de hablar. Yo mirándola, contemplándola, y ella dando objetos a besar a la Virgen. Entonces me agarra por un brazo y salió, pero despacito, que no hubo resistencia ninguna, no pude resistir. Es que ni sé cómo me agarró. Al tocarle el brazo yo sentía una cosa rígida, ni fría, ni caliente.
Con la misma yo cogí la chaqueta y le decía:
-- ¡Ay, Dios mío!, toma la chaqueta.
Y venga a ponerle la chaqueta en los brazos y no cogía nada, todo se le caía. Fui corriendo, se la di a Loli, que no estaba extasiada, y le dije:
-- Pónsela.
Y se la puso. Eran cosas que podían hacer entre ellas fácilmente, cuando una estaba en éxtasis y la otra no.
Una vez, Loli se quedó poniendo una bombilla y se quedó allí extasiada, con la bombilla en la mano y no se quemaba la mano; fue Jacinta a quitarle la mano. Nadie de la casa se la pudo quitar, pues tenían miedo que se quemara la mano con la bombilla encendida, pero nada pasó.
Una vez, me acuerdo que iba extasiada Jacinta e iba corriendo muchísimo y ahí, en la esquina de esa casa que era de Ciriaco, dio ¡un cabezazo!. Sonó como una cosa hueca que no tenía nada dentro.
-- ¡Ay, Dios mío, qué chimorrazo pegaría!.
Fuimos después que se le quitó la aparición y no tenía nada; gracias a Dios, no le pasó nada
Entonces estaban con más salud y comían con más ganas que ahora. Ahora quisiera que Jacinta comiera más pero nunca volvió a tener aquellas ganas que tenía de comer.
Jacinta estuvo saliendo medio año, a las seis de la mañana, a rezar el Rosario en "el Cuadro", y su padre con ella. En el inverno, a las seis de la mañana, era muy temprano y tarda el amanecer. Venía y le daba una taza de café, hacía mucho frío; a las diez iba a la escuela y volvía a almorzar otra vez. Jamás tuvo un dolor de cabeza, ni nada y andaban descalzas y como fuera, gracias a Dios.
Otra vez, estaba Jacinta extasiada y llega un señor y dice:
-- Le van a dar este crucifijo a besar a Jacinta, que lo dé a besar, porque me pasó un caso con él que ya se lo contaré.
 Estaba don Valentín, y se le dio a besar y nada más ponerle así, contestó ella:
-- Este crucifijo ya está besado.
Entonces dice él:
-- Es cierto, está besado. Hace dos meses se lo dí a besar a esta niña.
Este señor era de San Vicente.
Cuando las noches de los gritos estaban Jacinta y María Dolores; tuvieron aparición y dicen:
-- A las diez de la noche volvemos a tener otra vez aparición.
Conchita estaba mala, eran ellas dos solas. Nos dicen que a las diez de la noche nos quedásemos donde aquella cuadra que había allí. Que había que dejarlas solas. Hicimos así y las dejamos solas; pero cuando estábamos allí, esperando a ver lo que ocurriera, ¡empezaron a dar unos gritos!. ¡Unos gritos que a mi se me escapaban los pies!. Yo me iba; pero me pararon.
Entonces se presentó un padre franciscano y el padre venga a rezar. Cuando lloraban, venga a rezar, y ellas callaban, y volvían a llorar y venga a rezar, toda la gente lloraba y cómo lloraba. Cuando el Padre rezaba, paraban los gritos.
Luego bajan más abajo; ya podía yo arrimarme a ellas, y caen allí donde la primera vez que vieron el Ángel y venga a llorar. ¡Unas lágrimas, venga a llorar!. Yo decía:
-- ¡Dios mío!, ¿qué será esto?. Pero, ¿qué verán?.
 Cuando esto las chiquillas no nos decían nada. Pero llegan a casa de Ceferino y allí escribieron en un papelucu un mensaje y dijeron que tenía que ir toda la gente a confesarse que iba a venir un Castigo.
Todo el mundo fue a confesarse. Pasamos un miedo horroroso, pensamos que ya entonces venía el Castigo. La gente confesó como si se fueran a morir; fue una buena confesión.
Al otro día, ya fue Conchita y volvieron los gritos y dijeron que tenían que quedarse en la Calleja rezando. Allí se quedaron toda la noche y yo con ellas. Nos quedamos unos cuantos con ellas, por no dejarlas solas.
Todas las cosas que dijeron han ido saliendo. También dijeron que lo habrían de negar todo, que habrían de tener muchas contrariedades en las familias mismas y andar mal las familias y muchísimas cosas que fueron profetizadas y que van saliendo todas.
Yo, en aquel tiempo, no pensaba que tales cosas llegarían. Pero después me di cuenta que todo lo que dijeron empezó a suceder y que todo vendrá tal como la Virgen les ha dicho.

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Laura González, vecina de Garabandal

Conozco bien a las niñas. En el pueblo de San Sebastián de Garabandal, todos nos conocemos.
Al principio, cuando ellas empezaron a decir que veían al Ángel, pues realmente no las creímos porque ellas iban solas. Pensábamos que era una cosa de niñas. Yo no lo creía, no.
Las reñían y las reñíamos; que no hicieran esas cosas, que se iban a reír de ellas y eso; después, ya ellas pidieron que fueran cuatro personas con ellas que las acompañaran.
Fueron allí unas cuatro mujeres o cinco, las que fueran, que yo realmente no lo sé; y claro, pues las vieron como cayeron, con la cabeza para atrás, en aquellas piedras, sin lastimarse ni nada, y se quedaban guapísimas.
No tropezaban con nada. A veces iban a mucha velocidad y decíamos:
-- ¡Ay, que se van a matar!, ¡Ay, Dios mío!.
Después les decíamos:
-- ¿Pero por qué corréis así?
Ellas no se daban cuenta, seguían en todo momento a la Aparición.
-- Era que iba la aparición delante y ellas corrían. Los mozos del pueblo no podían seguirlas.
Salían con frecuencia de noche, después de pasar las doce de la noche, muchísimas veces; los forasteros solían decir:
-- ¡Ay no, no, pues eso no!; la Virgen no permite que se ande a esas horas.
Y les preguntábamos y les decíamos:
-- Pero, ¿cómo salís a esas horas?.
-- Porque nos dice la Virgen que es cuando mis pecados cometen los hombres.
Cuando caían en éxtasis se ponían guapísimas. Estaban como de color rosa. En éxtasis no estaban en el mundo; o sea, mientras estaban en éxtasis, no se les podía hablar, ni se les podía decir nada, ellas no oían; pero se lo mandaba a una que no estuviese en éxtasis, Conchita o la que fuera, que no estuviese en éxtasis y, por su medio, las que estaban en éxtasis la oían, pero a usted no.
Ellas dicen que la Virgen les dijo que, antes del Milagro, habrá muchísimos que dejarán de creer.
 Entraron en casa de mi hermana, dos veces por lo menos, en éxtasis. Estábamos allí cuando llegaron; estábamos en el balcón, la puerta estaba abierta, entraron y santiguaron a mi hermana; le hicieron la señal de la cruz y se marcharon las cuatro niñas.
Lo más bonito, y lo que más reímos, fue lo del fraile. Cuando no estaban en éxtasis, como había muchos que iban a preguntarles o que se acercaban, si le agarraban del brazo ya no se podía soltar.
Estábamos una noche, iay lo que nos reímos!, en una calle mis abajo que donde Ceferino, una casa que hay allí, que había fuera unas mesas para sentarse, y nos sentamos allí cuando ya dijeron:
-- ¡Están las niñas en éxtasis!.
-- Iba Conchita agarrada a un fraile, y aquel fraile tuvo que correr todo, todo lo que corrieron las niñas aquella noche. Veíamos al pobre fraile corriendo por ahí. Ya no podía más. ¡Ay que risas Dios mío!. Nos daba hasta vergüenza reírnos pero no podíamos remediarlo.
El pobre señor, tuvo que correr todo lo que duró el éxtasis. Lo que corrieron ellas. Yo vivo a la parte donde está la Iglesia, vivo a esta parte, pegando a la Iglesia; de la otra parte hay un balcón largo; en aquella casa se quedó el fraile. Al otro día me dice la patrona:
-- ¡Ay, Dios mío!. ¿Qué le parece?. Tuvo que quitar toda la ropa anoche, todo, todo y se lo tuve que secar de la sudada que traía.
¿Cómo no podía un fraile deshacerse de una niña tan pequeña?.
El fraile quedó completamente convencido de que era la Virgen, para darle una prueba y quitarle todas las dudas, ya que las niñas iban tan frescas y él sudando y esto no se le olvidó en la vida.
 Aquí venía un matrimonio de Barcelona, y les pareció bien mi muchacho y lo llevaron allí a trabajar con ellos, y allí está y se casó. La señora confesó en mitad del pueblo, una noche, cómo ella no frecuentaba nunca la Iglesia; se confesó públicamente de que nunca iba a misa, sino por un entierro, una boda, una cosa así; lo confesó ella, pero alto. Dijo esta señora:
-- Yo salía de noche, mi marido y yo, y gastábamos hasta diez mil pesetas en cosas mundanas.
Lo contaba ella misma, y dijo que había obrado Dios con ellos un milagro. Tenían un niño de parálisis infantil, de corta edad, y lo trajeron aquí. Lo trajeron una vez, y lo trajeron otra vez, pues el niño sanó.
Hizo la Primera Comunión aquí. En mi casa tengo también la fotografía. Le acompañan las cuatro niñas. Las puso ella de blanco, de calzado, la ropa y todo; las puso de blanco para que acompañaran al niño. No eran católicos y se convirtieron.
Don Valentín decía que Garabandal, antes de las apariciones, era el pueblo más religioso y más caritativo de la provincia. En Cabuérniga, vino un día el Obispo y decía en el sermón.
-- Cabuérnigos. ¿Dais palabra de ser como en San Sebastián de Garabandal, que no dejan una noche que no van al rosario?.
 Hoy vea usted los que van. Esto ha cambiado por completo. Y dicen que para que sea verdad, la cosa tiene que venir así.
Durante las primeras apariciones, íbamos arriba, a los Pinos. Yo le decía:
-- Toma, dale a besar esta piedra a la Virgen, que la bese en nombre de un hijo, de una hija...
Ellas cogían la piedra y la ponían allí para que la Virgen la besara; a lo mejor juntaban allí una docena o dos docenas de piedras. Se las daban a besar a la Virgen y de nuevo las ponían allí, sin ver ellas donde. Al poco que se les quitaba el éxtasis, entregaban a cada uno la piedra que le habían dado, sin equivocarse nunca. Eso lo vi yo.
Cuando lo del Padre Luis Andréu, estaba yo allí también, allí mismo, al pie de los Pinos, cuando él dijo:
-- ¡Milagro, milagro!, ¡milagro, milagro!.
Cuatro veces.
Sí, sí, lo dijo el Padre Luis Andréu; lo dijo alto y conmigo lo oyeron los que estaban allí.
Dice Conchita en su diario:
Era de noche cuando se nos apareció ese día la Virgen y, a la salida del rosario, empezamos a caminar hacia los pinos. Cuando llegamos allá, el P. Luís María, al llegar a los pinos dijo:
-- ¡Milagro!, ¡milagro!.
 Y se queda mirando hacia arriba.
Nosotras le veíamos y en nuestros éxtasis no vemos a nadie y el P. Luis le vimos y nos dijo la Virgen: "que la estaba viendo a Ella y al milagro que va a venir". Dice la gente que en los pinos rezamos un credo y que nos bajamos para el pueblo en el mismo estado y cuando llegamos a la Iglesia se nos desapareció la Virgen.
Como Mari Cruz ya hacía varios días que no se le aparecía la Virgen, ella siguió en éxtasis con la Virgen, entró en la Iglesia y, junto al Altar de la Virgen del Rosario y del Ángel San Miguel, empezó a rezar con la Virgen el Credo, muy despacio.
Decía Mari Cruz que la Virgen iba rezando delante para enseñarlo a rezar despacio. Después del Credo, rezó la Salve; después se santiguó muy despacio, muy bien, y hablaba con la Virgen y decía:
-- ¡Ay, qué bien que vino el Niño Jesús!. ¡Cuanto hace que no venía!. ¿Por qué tardaste tanto en venir donde mí y donde las otras tres vienes más?.
Esto lo escuchábamos varios que estábamos junto a ella, entre ellos estaba el P. Luis María Andréu, un seminarista y el P. Royo Marín.
Al día siguiente, fuimos nosotras cuatro a barrer la Iglesia y, cuando estábamos barriendo, vino la mamá de Jacinta, muy asustada, y nos dijo que se había muerto el P. Luis María Andréu. Nosotras no nos lo creíamos, como le habíamos visto el día anterior. Dejamos la Iglesia a medio barrer y nos fuimos a enterar bien.
Cuando ya se iba a morir, sus últimas palabras fueron:
-- Hoy es el día más feliz de mi vida, ¡qué madre más buena tenemos en el Cielo!.

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José Román Serrano Martínez

    Junio de 1.961. Animada tertulia en la terraza de “La Flor”, céntrico bar santanderino. Los contertulios resultaban ser Eustaquio Cuenca, su hermano Victoriano, mi padre y yo mismo. El debate se centraba en las posibilidades reales de que, por mi parte, accediera a impartir clases de Ciencias a dos mozalbetes (Daniel y Victoriano), vástagos respectivos de Eustaquio y su hermano, que habían mostrado una marcada insuficiencia en las disciplinas componentes de esa rama del saber en sus respectivos institutos, allá en México, el primero de ellos, y en Santander, el segundo, con la condición de pasar con ellos todo el verano en una remota aldea de la Montaña, cuna de Eustaquio, que no resultó ser otra que San Sebastián de Garabandal.
    
La negociación no resultó nada difícil y, puestas de acuerdo las partes, no tuve ningún inconveniente en atender solícito su pretensión.

Así pues, al día siguiente, con mi maleta cargada de ilusiones, como no podía ser de otra manera, dada mi condición de veinteañero, subimos los cuatro a bordo del “aiga” del indiano –Eustaquio había conseguido hacer fortuna en el país azteca- iniciando nuestra andadura hacia, lo para mí, desconocido.
    
Embocamos la carretera de la costa en dirección a Oviedo, dejamos atrás Torrelavega y, a la llegada a Cabezón de la Sal, torcimos a la izquierda en dirección a Cabuérniga. En este momento empezaba la aventura. Por aquellas fechas yo no conocía Cabuérniga ni ninguna otra parte de los valles de Saja y Nansa.
    
Al ritmo pausado del “aiga”, mis ojos abiertos desmesuradamente, trataban de captar lo que ante ellos, a derecha e izquierda, se presentaba.
    
Ruente, Sopeña, Valle…, lugares cuya toponimia tenía para mí un cierto peso específico derivado de las anotaciones contempladas en obras de dos insignes literatos montañeses –José María de Pereda y Manuel Llano- mas, en estos momentos al contemplar sus mieses, casonas, praderías y montes adyacentes, dicho peso específico se veía incrementado geométricamente con el ensoñado deseo de conocer todo ello mucho más de cerca, contactar con sus gentes, imbuirme en su idiosincrasia y compartir sus inquietudes.
    
Dejamos Valle para adentrarnos en La Collada de Carmona.
    
Por aquel entonces, el tráfico más presente en aquellas latitudes era el de origen animal y, realmente, tuvimos serias dificultades con puntas de ganado equino antes de llegar al Mirador de Carmona, en el cual nos detuvimos para contemplar la panorámica que desde el mismo se divisa: a nuestros pies se halla el núcleo urbano principal, prácticamente comprimido en una especie de círculo, a su alrededor mieses, cierros, praderías y, en lontananza, laderas tachonadas de frondosas, pertenecientes al valle del Nansa, altos de Peñarrubia, Lamasón y cohortes en avanzadilla de los Picos de Europa, configurando todo ello un escenario cromático atestado de contrastes simultáneos donde los colores complementarios juegan un papel destacado, difícil de olvidar para la retina de los que sienten cierta vocación artística. ¡Sencillamente maravilloso!
    
Descendimos, con muchas precauciones, derivadas del trazado muy sinuoso que presentaba la calzada, hacia el mismo Carmona, hicimos una breve parada en el bar de la bolera, donde Eustaquio saludó viejos conocidos y, continuamos viaje hacia Puente Nansa, nos hicimos eco del abigarramiento urbanístico allí existente y, beirando el río Nansa, teniendo a nuestro alcance las vegas, cada vez más constreñidas, llegamos a Cosío, pueblo de la Montaña digno de resaltar por su importancia ganadera, derivada de su cabaña tudanca, por sus casonas blasonadas y por sus hidalgos, siendo precisamente en la mansión de uno de ellos –Lino- donde rendimos viaje de automóvil.
    
Patios, cobertizos, caballerizas, cuadras, balconadas, estancias, capilla, etc, todo ello de dimensiones exultantes, integraban el dominio de este rico hacendado, de buen carácter, que no rehuía el echar una mano a sus convecinos ayudándoles en sus necesidades.
    
La amistad entre Eustaquio y Lino venía de antaño y los dos se saludaron muy efusivamente.
    
Hechas las presentaciones, obsequiados con una exquisita merienda –pan, vino, jamón, queso y chorizo- se debatió la estrategia a seguir a fin de llegar a  San Sebastián de Garabandal en la misma jornada.
    
Por desconocedor de la situación, hasta ese momento, me causó cierto estupor lo que allí se debatía pero, la cuestión era clara: la aldea donde iba a pasar el verano no tenía acceso rodado. Así las cosas, aprontaron cuatro caballos con gran celeridad, nuestras valijas quedaban en Cosío a la espera de que al día siguiente las subieran en carro y nosotros cuatro podríamos ya iniciar la andadura, peñas arriba hacia Garabandal, nuestra meta, con motivo de la ocasión, por aquel entonces.
    
Yo no había montado a caballo en  mi vida, pero, me guardé muy mucho de exteriorizar mis inquietudes y puse todo mi empeño en tener muy en cuenta las observaciones de todo tipo que nos hacían los hijos de Lino –expertos en este tipo de situaciones- a fin de evitar, si ello fuere posible, los problemas que pudieran derivarse de la singladura que íbamos a iniciar a lomos de tan nobles animales. Quedando el “aiga” a buen recaudo en uno de los cobertizos, después de realizadas las salutaciones de rigor, hete aquí que me encuentro, de buenas a primeras, sobre el lomo de un caballo alazán, de envergadura media, fuertes y potentes ancas, presto y dispuesto a recorrer los últimos kilómetros de nuestro viaje.
    
Sobre un caballo todo parece diferente. Los riscos me parecían más riscos, los cortados más cortados, los abismos más abismos, las lajas más lajas, en una palabra, todo lo ves sobredimensionado, derivado, quizás, de los peligros que atisbas y que, por tu inexperiencia, te sientes incapaz de sortear al no transmitir las órdenes adecuadas a tu caballería.
Pues bien, todo ello se mitigó al darme cuenta de que el alazán sorteaba los osbtáculos  del camino, muchos y muy variados, prácticamente por sí sólo, sin necesidad de que yo le fuera conduciendo. El control de la realidad es algo inherente a su forma de actuar en cualquier tipo de situaciones.
    
Disfruté contemplando los diversos accidentes orográficos del camino aguas arriba del Vendul y, no lo hice tanto, cuando mi montura, siguiendo el ejemplo de las restantes, iniciaba un trote, ya que, siéndome imposible el contenerle, mi último apéndice vertebral chocaba violentamente una y otra vez contra el duro cuero de la silla de montar haciéndome ver las estrellas.
    
Pero bueno, todo eso pasó y, salvando el último recodo, nos encontramos, casi de manera sorpresiva, ante nuestra meta: Garabandal.
    
Situada sobre una meseta, sobre la cual se expande una mies, está bordeada de aterrazamientos que dan al conjunto cierta singularidad. A sus espaldas, laderas escarpadas y estribaciones de Peña Sagra –macizo montañoso que hace de conexión con los Picos de Europa- dan a la aldea aspecto de bastión.
    
A nuestra llegada, entrada ya la tarde, nos llamó la atención la cantidad de gente que estaba reunida en la plaza que hace de antesala a la aldea: descabalgamos y, sin mediar palabra, lo primero que exclamaron, unos y otros, a voz en grito, fue la frase de …¡Han visto un ángel! ¡Han visto un ángel!
    
Pero hombre fulanito, qué canastes me estás diciendo. ¡Déjate de zandongas! –replicaba Eustaquio- ¡Híjole! Y, ¿cómo estás? –decía a otro-; así se fueron entremezclando los saludos y el relato de lo que esa tarde estaba en boca de todos los aldeanos.
    
Bueno, ya, ¡hijo de la pelada! –espetó Eustaquio-: ¡Cuénteme!
    
Y así fue como el antedicho nos relató que hacía una hora, poco más o menos, que cuatro niñas del lugar –Conchita, Mari Loli, Jacinta y Mari Cruz- a la razón de entre diez y doce años, estando jugando en la zona alta del lugar, se habían quedado extasiadas contemplando una fulgurante visión que decían ser un ángel.
    
¡Venga ya! ¿Hacéis caso de juego de niñas?
    
Vamos –dijo Eustaquio- guardemos los caballos en el establo y lleguémonos a casa.
    
Nos despedimos de los lugareños, les comentamos el que ya seguiríamos hablando al día siguiente, atendimos a las caballerías y nos dirigimos a la casa familiar, en una plazuela del lugar, donde nos estaba esperando, con los brazos abiertos, Paquita, cuidadora de la casa, y excelente cocinera.
    
Nos saludó muy cortésmente, nos dio la bienvenida y, sin probar bocado esa noche, después de un baño, me retiré a mi habitación y me dispuse a dar descanso a mi maltrecho cuerpo, rememorando, mientras intentaba conciliar el sueño, todo cuanto había acontecido en aquella jornada y, de manera un tanto más inquietante, lo que nos habían manifestado los lugareños respecto al ángel.
    
A la mañana siguiente, después de conciliarnos con nosotros mismos, con un estupendo desayuno con que nos obsequió Paquita, salimos a la calle a fin de, efectuadas las pertinentes presentaciones, cambiar impresiones con los lugareños respecto a los acontecimientos vividos por ellos el día anterior.
    
Así fue como pudimos comprobar que la aldea entera estaba intranquila, no se hablaba de otra cosa en las tabernas y tiendas de abarrotes y todos estaban expectantes por ver qué es lo que acontecía en la cita que el ángel había dado para las siete de la tarde del día presente, a las cuatro niñas.
    
Está claro que nosotros también participábamos de esa inquietud, por lo que nos dispusimos a estar presentes, como meros observadores, en el acontecimiento que se avecinaba. Faltando aún más de media hora para la prevista, nos aproximamos al lugar marcado para la cita, una calleja casi a modo de calzada romana con grandes lajas claveteadas, profundas llagas y fuerte pendiente que da lugar a escalonamientos ciertamente peligrosos para los que por allí transiten, peligrosidad que se acentúa en días de lluvia, derivada, no sólo de la superficie dolomítica, de las propias piedras, pulida y antiadherente, sino también de los musgos y líquenes que coadyuvan, en buena medida, a que lo apuntado suceda, y que sirve de nexo de unión entre la aldea y un coqueto pinar situado en una pequeña planicie de las primeras estribaciones montañosas, considerado por los lugareños como espacio lúdico-recreativo y, cuál no sería nuestra sorpresa cuando pudimos constatar que, prácticamente la aldea entera estaba allí concentrada y ya habían tomado posiciones en los prados colindantes con la citada calleja al objeto de no perderse nada de cuando pudiera acontecer en los próximos minutos. A nosotros nos hicieron un hueco y también nos apostamos en un prado colindante a la calleja, lo más próximos posible a la misma.
    
Apostillas, argumentos fantasiosos, intercambio de opiniones y murmullo generalizado de todos cuantos allí nos encontrábamos al ver aparecer ante nuestros ojos a las cuatro chiquillas, cogidas del brazo, con caras sonrientes y estimo que sorprendidas de ver al pequeño gentío a su alrededor.
    
En ésas estábamos cuando de repente, como movidas por un resorte, las cuatro automáticamente, cayeron de rodillas sobre las lajas de la calleja. Se desenredaron de su enlace y, las cuatro, juntando sus manos en actitud orante, clavaron sus ojos al cielo, mientras levantaban sus cabezas.
    
Mi reacción y la de algunos mozos del lugar fue inmediata. Salvamos de un salto el desnivel que nos separaba de la calleja, corrimos hacia donde ellas estaban y, pensando que se habían destrozado las rodillas, intentamos, en primer lugar, levantarlas; pasamos nuestros brazos por sus axilas y, por más esfuerzo que hicimos, no fuimos capaces de despegarlas de las lajas. Parecía como si la fuerza gravitatoria las hubiera clavado al suelo. Desistimos, pues, de nuestro empeño y nos dispusimos a dar continuidad a las pequeñas pruebas que se nos ocurrían; intentamos, consecuentemente, el abrir sus manos introduciendo nuestras manos y brazos por entre las suyas y no conseguimos nuestro objetivo. Pasamos nuestras manos delante de sus ojos y no pestañeaban. A alguien se le ocurrió pasar una cerilla encendida, con el mismo resultado. No pestañeaban.
    
Ante tales circunstancias, nos acuclillamos cerca de ellas intentando escudriñar cualquier movimiento, cualquier reacción por pequeña que ella fuera. No hubo ninguna, parecían un grupo escultórico digno del mejor Bernini; sus caras, sonrientes, desprendían un sosiego y una paz, muy difícil de imaginarse en este mundo actual globalizado y tan cruelmente competitivo en muchas ocasiones. Todas ellas, incluso las menos agraciadas físicamente, tenían un hado luminoso que imprimía a sus faces una belleza inusitada, daba la impresión de que se hallaban transfiguradas.
    
Transcurridos unos minutos, las cuatro niñas volvieron a la normalidad y, levantándose, se vieron rodeadas por todos los circundantes que las acosaban a preguntas. Por mi parte, pude fijarme en sus rodillas –ninguna de ellas las tenía ocultas al no llevar pantalones- y ni tan siquiera mostraban el menor signo de enrojecimiento.
    
En medio del bullicio generalizado sonaban las requisiciones formuladas por los allí presentes. ¿Qué habéis visto? ¿Os han dicho alguna cosa? ¡Venga, contadnos algo! ¿Qué os ha pasado? Las respuestas eran simples. Hemos visto un ángel y, en días venideros nos dará un mensaje.
    
Sus familiares se encontraban confusos y exaltados, no sabían cómo reaccionar, hasta que Marcelino, el padre de Mari Loli, inició el rescate con su hija, haciendo lo propio Serafín con su hermana Conchita y las madres de Jacinta y Mari Cruz, con las suyas.
    
Esa noche, en todos los mentideros del lugar, no se hablaba de otra cosa y, todo el mundo se preguntaba qué es lo que se podía hacer ante tamaño cúmulo de cosas inexplicables.
    
En casa de Eustaquio, durante la cena, hacíamos toda suerte de cábalas respecto al asunto, pasos que se podían dar y, dado que la situación podría tener unas connotaciones místicas, quizás fuera preciso el poner en conocimiento de la autoridad eclesiástica más cercana los hechos acontecidos. Yo, por mi parte, me retiré a descansar con el ánimo encogido e inquieto por los acontecimientos que había vivido. Tenía gracia. Había llegado a este apartado lugar para intentar poner orden en la cabeza  de dos muchachos y me encontraba con la mía ciertamente confusa.
    
Por aquella época no existía el teléfono en el lugar pero, noticias de este calado se difunden de manera vertiginosa y por los sistemas más inverosímiles. Así pues, en los días siguientes, en los cuales yo procuraba cumplir con mi misión educadora, ya la comarca entera del valle del Nansa y pueblos circundantes habíanse enterado de lo que allí acontecía y un buen número de curiosos deambulaban por los aledaños en busca de noticias.
    
Un buen día, al ir a comer, me encontré en casa de Eustaquio a una visita ya hacía algunos días esperada. No era otra que la del cura-párroco del valle del Nansa, Valentín Marichalar, hombre proverbial, campechano, noblote, pero no exento de cierta autoridad, y gran jugador de bolos –él me enseñó la práctica de este deporte de recia raigambre montañesa- el cual, como era natural, después de visitar a todas las familias de las ya llamadas “videntes”, había recalado en casa del hacendado a saludarle y departir con él, compartiendo mesa y mantel donde degustar los jugosos guisos de Paquita, los “dimes y diretes” que pululaban en su jurisdicción eclesiástica, respecto a la situación que se había producido.
    
Hechas las presentaciones y, tras un acalorado debate, se llegó a la conclusión de que el Obispo de la diócesis –sucesor de José Eguino y Trecu, fallecido recientemente- debería tener conocimiento, lo más exacto posible, de “todo lo que se cocía” en relación con los éxtasis de las cuatro videntes y, habida cuenta de no tener él el don de la ubicuidad, se hacía necesario el que, en su ausencia, alguien tomara nota de lo que veían y oían las chiquillas durante ese trance y, en su nombre, le fueran entregados los correspondientes informes a la autoridad eclesiástica en su residencia santanderina. Él subiría por allí siempre que se lo permitieran sus obligaciones, pero insistió en pedirnos el favor de que, después de los éxtasis, cogiéramos a las cuatro chiquillas, las lleváramos a casa, y tomándolas declaración de lo acontecido, presentáramos el resumen de lo por ellas declarado, al obispo de Santander.

Eustaquio y yo nos comprometimos a hacerlo así y, a partir de entonces, mi trabajo en el lugar se multiplicaba.
    
En ese interim yo había cambiado ya impresiones con las niñas, charlado con ellas en estado normal intentando husmear en sus reacciones algún tipo de previsión, planteamiento o contradicción. Todas ellas, con más o menos desparpajo, coincidían en sus narraciones. Mari Cruz y Jacinta se mostaban retraídas y poco dadas al diálogo, mientras que Mari Loli y Conchita aceptaban de buen grado la conversación, aunque a la primera de ellas la cara se le teñía de rojo cada vez que tenía que responder a una pregunta más o menos directa. Conchita tenía más desparpajo y, de alguna manera, se presentía el que ella sería la gran protagonista de los hechos que mantenían en vilo, en aquel momento, a toda la comarca.
    
A Valentín Marichalar le habilitamos uno de los caballos –había subido a pie a la aldea- y nos despedimos de él no sin antes reiterarnos su encargo.
    
Al día siguiente, sobre la misma hora de anteriores eventos, las niñas tuvieron un nuevo éxtasis en el mismo lugar, la calleja, que ya todos conocíamos y, que en esta ocasión, aparecía con mucha gente agolpada a uno y otro lado de donde se encontraban las niñas, aparte de las que se hallaban en las praderías colindantes. Yo, por mi parte, me senté muy próximo a ellas, dispuesto a observarlas.
    
Los prolegómenos habían transcurrido con similitud a ocasiones anteriores, mientras que la reacción de los allí presentes, entre los que se encontraban muchos extraños, era de brutal presión sometiendo a las chiquillas a pruebas físicas nada aceptables, como el pincharlas con agujas, alfileres e incluso agujas curvas de coser sacos, sin que ninguna de ellas mostrara la más mínima reacción, mostrando una insensibilidad total.
    
Los del lugar –a mí me tenían por uno de ellos- que allí nos encontrábamos, al darnos cuenta de tal situación, intentamos el que esas agresiones no se produjeran, llegando a producirse entre unos y otros, momentos de tensión no controlada con conatos de agresión.
    
Terminado el éxtasis, a fin de cumplir con lo pactado con el cura párroco, por mi parte, ni corto ni perezoso, me cogí a las cuatro niñas de un brazado y entre medio del gentío, a los ojos de todos, me las llevé a casa de Eustaquio, a fin de “tomarles declaración” de lo sucedido.
    
En este caso, el ángel que se presentaba como anunciador, les manifestaba la visita de la Señora en una clara alusión a la Virgen María.
    
Obsequiándolas con vaso de leche y bizcocho, pudimos comprobar mientras merendaban alegremente, que ninguna de ellas tenía huella alguna de las vejaciones, en forma de pinchazos, a las que habían sido sometidas.
    
Redacté el informe y, a la mañana siguiente, prestas las caballerías, bajamos a Cosío, cogimos el “aiga” y pusimos rumbo a Santander. Visitamos al obispo, le dimos el informe, cambiamos impresiones y, con las mismas, nos volvimos para Garabandal. Nos sentíamos ya tan imbuídos por los hechos que allí estaban aconteciendo, que no queríamos perder ningún detalle.
    
Los acontecimientos se sucedían en solución de continuidad. La noticia ya estaba trascendiendo de manera inusitada a nivel regional y Cosío se había convertido en centro de operaciones para todo aquél que deseaba llegar a la aldea, hasta que a un avispado almacenista de Puente Nansa se le ocurrió sacar un pingüe beneficio, derivado de los hechos trascendentales que estaban ocurriendo en el municipio y, poniendo a punto dos Ford de los años cuarenta que tenía olvidados en una de sus dependencias, -por otra parte, verdaderos cochazos con motores impresionantes de seis cilindros en línea- puso en marcha el ataque al camino carretero que unía Cosío con Garabandal, de manera motorizada. En consecuencia, a efectos de gestión de viaje, también Puente Nansa compartía con Cosío la asignación de centro operacional. Ambos pueblos se veían sometidos a una desusada actividad que el sector servicios agradecía.
    
Garabandal, por su parte, era un hervidero de gente de lo más variopinto, aunados por un común denominador: ver, contemplar de cerca los éxtasis de las videntes.
    
Todos andábamos inquietos esperando con ansiedad el contacto visual previsto de las videntes con la Señora, cuestión ésta que aconteció durante el siguiente éxtasis.
    
Ocurrió a los pocos días, prácticamente a las pocas horas de los precedentes. En este caso, previendo la asistencia de una gran multitud, se había procedido a vallar de forma rudimentaria el área operacional  a fin de proteger a las chiquillas de avalanchas no deseadas.
    
En aquella ocasión se encontraban entre los asistentes cantidad de médicos, curas y miembros de órdenes religiosas. Durante el tiempo de duración, todos tenían un desmedido afán de protagonismo intentando ver lo invisible y sometiendo a las videntes, bien a pesar de los que conocíamos lo acontecido primitivamente, a multitud de pruebas teóricamente más o menos desestabilizantes.
    
En esta ocasión ya la Señora se les había manifestado y les apuntaba lo del mensaje que sería dado en próxima manifestación, con alusión directa a lo de que “ya se está colmando la copa…”  por lo que, de no hacer caso al mensaje futuro, podría producirse un castigo.
    
La misma dinámica de actuación ante las autoridades religiosas, las cuáles, tras estas manifestaciones que al parecer ultrapasaron el umbral de lo previsible, optaron  porque de manera oficial se prohibiera el acceso a Garabandal de sus subordinados, por considerarlo incompatible con sus deberes.
    
Valentín Marichalar se vio obligado a acatar lo ordenado, y con él, un cierto número de curas de aldea pero, no así los miembros de órdenes sacerdotales o religiosas que, de una u otra manera, con sotana o sin ella, con hábito o sin él, pululaban, cada vez con más insistencia, por todos los rincones del lugar.
    
Llegó el día previsto para el mensaje y el espectáculo en la calle era realmente impactante. Caballerías, carromatos, Land Rover’s y los Ford de Puente Nansa, abarrotaban, cual si se tratase de un descomunal puzle, la plaza adyacente al lugar, impresión ésta que, si cabe, se acentuaba más al desplegar muchos de los llegados, improvisados puestos de viandas y bebidas que ofrecían a los cansados caminantes.

Durante el éxtasis, con un gentío expectante que no cabía en la calleja y praderías circundantes, se volvieron a repetir las escenas ya referidas en los anteriores, con la excepción de que las videntes parecía que comieran alguna cosa para nosotros invisible.
    
A su término, en medio de todo el gentío, me cogí a las cuatro niñas y, abriéndonos paso entre la muchedumbre, nos dirigimos, una vez más, a casa de Eustaquio, al objeto de cumplir con mi compromiso.  Pero, hete aquí, que, cuál no sería mi sorpresa, cuando al atisbar la plazuela donde se asienta el inmueble, la encontramos toda ella repleta de una gran multitud y, al avistar la puerta de entrada a la casa, nos la encontramos guardada por dos números de la Guardia Civil que, portando sus “naranjeros” en posición de firmes, vigilaban, impertérritos, cualquier movimiento extraño que pudiera producirse, controlando las entradas y salidas de la casa.
    
Al acercarnos a la puerta y hacer intención de entrar, cruzaron los “naranjeros” impidiéndonos el paso, requiriéndome la correspondiente identificación. A las videntes les dije que se fueran para sus casas y que ya hablaríamos de lo que acababan de ver y oír.
    
Una vez identificado, me llamó la atención la exclamación de uno de los números. ¡Ah! Entonces, ¿usted es el indio? Espere un momento. Entró en la casa y al poco apareció acompañado de un brigada bigotudo, ya entrado en años, que resultó ser el comandante de puesto de la Guardia Civil en Puente Nansa. Había estado hablando con Eustaquio, poniéndole al corriente de las consecuencias que había dado lugar nuestro proceder en relación con los hechos que estaban aconteciendo.
    
En un afán de ponerme al corriente de la situación, una vez que estuvimos los tres sentados confortablemente, no reparó en explicar con el mayor detalle posible las circunstancias que habían dado lugar a su presencia y a la de sus subordinados en la casa donde nos hallábamos.
    
Resultó ser que algunas de las “preciadas personas” que por allí aparecían a causa de los éxtasis, al darse cuenta de mi proximidad a las videntes durante los mismos, mi despliegue en medio de todos, llevándome a las niñas a casa de Eustaquio y algún que otro detalle más, denunciaron los hechos en la Comandancia de la Guardia Civil de Santander.
    
Nos tachaban de que todo lo que allí sucedía era debido a una estrecha connivencia entre Eustaquio y yo, habida cuenta del deseo del prócer en llegar con su coche a su aldea nativa.
    
No veis –decían dirigiéndose al gentío- mirad cómo el indio que ha traído de México las observa. Seguro que les han dado alucinógenos para que puedan entrar en este tipo de situaciones. Y, ahora, se las lleva para casa. ¡Vete a saber lo que hacen con ellas! De todo ello dimanó una consecuencia que el brigada se encargó de transmitir. Tengo orden de detenerle a usted, y trasladarle a la Comandancia para que preste, en principio, las oportunas diligencias –me dijo-.
    
Yo entonces le contesté que esos infundios no tenían ningún sentido, que mi estancia allí obedecía a lo ya por todos conocido y que mi dedicación a los hechos que movilizaban a gran un gran número de sectores, era debido a nuestro compromiso con el cura-párroco de la localidad y que, de cualquier manera, podía informarse sobre mi persona llamando a sus superiores en la Comandancia de Santander.
    
Muy cortésmente, nor replicó que, en cualquier caso, debería acompañarle al cuartel de Puente Nansa, para, desde allí, confirmar lo que había declarado. Así pues, de inmediato partí con la Guardia Civil, en su Land Rover, al cuartel de Puente Nansa y, previas deliberaciones internas, contactaron con el capitán Gorjón, en la Comandancia de Santander, de cuyo hijo yo era amigo personal y, esclareciéndose los hechos, cambió completamente el talante de mis interlocutores, se deshicieron en disculpas y yo, por mi parte, emprendí de nuevo el regreso, a caballo, a Garabandal.
    
Debo decir que lo único que yo tenía de indio podría ser mi tez, morena y curtida por el sol, pero las elucubraciones de la gente pueden llegar a transformar, por asombroso que parezca, hasta tu genética.
    
Llegado al lugar, mantuvimos una discusión tensa durante la cena y yo me prometí a mí mismo y, así se lo transmití a Eustaquio, el no volver a intervenir para nada en colaborar en desentrañar el misterio que a todos nos envolvía.
    
A partir de ese día, durante los trances, yo preparaba mi caballo y, los dos, en buena armonía, nos dábamos una vuelta por la falda de Peña Sagra, paseábamos por los bosques de acebo, comíamos truchas pescadas en la zona alta del río Vendul por Rafael, el guarda de Saltos del Nansa y disfrutábamos de forma integral, en su manera más amplia, de la asombrosa naturaleza.
    
Volvíamos al lugar y, otra vez, por todos los lugares, el tema recurrente era el único que estaba en la boca de cualquier contertulio.
    
Nos contaron que las niñas ya no se mantenían en posición estática, sino que, durante el éxtasis cambiaban de posición. Ante esa disyuntiva y, claramente por mí mismo, sin ningún tipo de obligación ante nadie, casi de forma circunstancial, decidí interesarme por la evolución de los hechos.
    
Acudí al siguiente éxtasis en actitud de mero observador y, una vez más, lo conocido me impresionó vivamente. Las niñas, en pleno éxtasis, se levantaron y, manteniendo la cabeza levantada, se dirigían calleja arriba hacia los pinos, de los cuales ya se ha hecho mención en el presente relato.  Paradas bruscas, caídas de rodillas, carreras a toda velocidad monte arriba, todo ello sin perder su fijación en la mirada hacia el cielo, dieron como resultado una consecuencia lógica, confirmada, fundamentalmente por Conchita en la cocina de su casa. La visión se trasladaba a velocidades dispares y ellas imprimían mayor o menor celeridad para seguirla. Al acabar todas esas correrías ya había caído la noche y, ante la pérdida de algunos objetos personales por parte de los concurrentes durante las mismas, Conchita se encargaba de decir a su hermano Serafín el lugar donde, presumiblemente, se hallaban y el objeto de que se trataba. Estaba bien cerrada la noche y, aunque todos los presentes abogábamos porque la búsqueda se pospusiera para el día siguiente, a Serafín le faltó tiempo para salir en su búsqueda. Al poco rato, se presentó con unos rosarios y unos zapatos que eran objetos extraviados por algunos de los allí presentes.
    
A partir de ahí, los acontecimientos, muy dispares, adquirieron un ritmo vertiginoso. Todos, absolutamente todos los habitantes del lugar, estábamos en estado de alerta, por ver si ocurría algo verdaderamente asombroso, parecía que la manifestación de un milagro era inminente.
    
Ya no existía horario predeterminado y, en cualquier momento del día o de la noche, podían vivirse situaciones límite.
    
A todo eso se seguía incrementando la afluencia de gentes, allende inclusive nuestras fronteras. La alternativa presentada por las chiquillas, a renglón seguido, era el trasladar las correrías y, yo diría que las “volerías”, al núcleo urbano, por imperativo de la movilidad cierta de la imagen que visualizaban durante los éxtasis.
    
Hay que decir que, en aquella época, el pavimento del lugar no era ni mucho menos el actual, estando compuesto el mismo de piedras, cantos rodados, arcilla y agua. Que, por otra parte, no existían puntos de luz nada más que en algunos lugares concretos, estando inmerso el resto en la más profunda de las obscuridades. Todo ello aderezado con un trazado de calles singular y laberíntico.
    
Pues bien, en aquel escenario tenía lugar durante las tardes-noches y, posteriormente, durante las noches cerradas, un espectáculo que a mí particularmente me dejaba atónito; las chiquillas, dejando el lugar del éxtasis, se trasladaban, con la mirada clavada en el cielo, a uno y otro lado de las encrucijadas urbanísticas anteriormente reseñadas pero, siempre manteniendo su posición de salida, es decir, cuando la imagen paraba, ellas se paraban, iniciaban una especie de diálogo y, a renglón seguido, trasladándose la imagen en dirección opuesta, ellas lo hacían también pero, de espaldas, echando más hacia atrás sus cabezas y no dando un giro de 180º. Cuando la imagen imprimía más velocidad, ellas, levantando los brazos en forma de cruz, imprimían tal velocidad que los mozos del lugar acostumbrados a andar por pedregales y, ni qué decir tiene de la gente de fuera, se las veían y se las deseaban para poder seguirlas durante aquellas jornadas diurnas y, en su mayor parte nocturnas, en las que más de un tobillo sufrió algún tipo de descalabro.
    
En otros días se llegaban a la iglesia parroquial, entraban en ella y saltaban de un banco a otro de rodillas, se balanceaban en equilibrio inestable, de pie, en la balaustrada del coro, con peligro de su integridad física, mostrándose como desquiciadas, pero muy seguras de sí mismas.
    
En días sucesivos, comenzaba a manifestarse de manera más acusada, el protagonismo de Conchita, siendo, al parecer, la elegida para dar a conocer al mundo, mediante sus implicaciones, la noticia del alcance de los hechos acontecidos en Garabandal.
    
En algún momento del día, en solitario, entraba en éxtasis en los pinos. Con su posición primitiva de anteriores ocasiones, charlaba amigablemente con la Señora y, ya siendo de por sí asombrosa tal referencia, para mí lo era casi más lo siguiente: la multitud, viendo que daba a besar a la imagen su medalla, ni corta ni perezosa, se enfrascaba en la tarea de dar a Conchita objetos personales o piedras y ramas del suelo para que, a su vez, ella se los diera a besar a la Señora. Yo me encontraba allí, fijándome en cuanto acontecía, pudiendo constatar que Conchita recibía los objetos sin apartar para nada la vista del cielo, su mano derecha se desplazaba hacia un lado para que la dieran el variopinto objeto, lo recogía y, levantando el brazo, se lo daba a besar a la imagen. A renglón seguido, lo dejaba caer al suelo. Así una y otra vez. Acabado el éxtasis, encontraba a sus pies un montón de objetos dispares, los cuales tenía que devolver a sus dueños. Aquí empieza lo tremendo. Sin ningún tipo de duda, sin haber visto antes los objetos ni a sus poseedores, elegía los objetos y, por indicaciones, se los iba dando a aquéllos que anteriormente a ella se los habían dado. Ni qué decir tiene que todos los allí presentes, especialmente aquéllos a los que les eran devueltos sus objetos, quedaban conmocionados.
    
El verano iba transcurriendo, el lugar se había convertido en un lío monumental y, ocurrió que Conchita anunció que, en un día determinado, se produciría un milagro por ver si los más recalcitrantes creían en el mensaje relativo a la colmatación de la copa intercediendo para que el mundo no fuera castigado.
    
Hasta ahora, las chiquillas venían comulgando –eso, al parecer era lo que hacían cuando parecían que comían- de forma invisible, pero, en el día elegido, Conchita de nuevo, era la elegida para recibir de mano del ángel la comunión de manera física y visible.
    
La noticia conmovió a todos. El lugar atestaba de gente y, yo, por mi parte, me dispuse a no perder un detalle del acontecimiento anunciado. Me preparé con ropa y calzado adecuado y potente linterna, a la espera del suceso. Caída la tarde, todo el mundo se preguntaba dónde estaba Conchita. Saliendo de su casa, ya prácticamente hecha la noche, entró en éxtasis dinámico y, dándose una vuelta por el núcleo urbano, fue a caer de rodillas, siempre en éxtasis, en una plazuela próxima, relativamente, a su casa. Yo estaba prácticamente pegado a ella. Mi linterna apuntaba directamente a su cara, conocedor de no infligirle ningún daño. Al poco, abrió su boca quedando al descubierto su lengua, la cual estaba limpia, inmaculada. Yo, permanecía con mi linterna apuntando ésta a la boca, prácticamente metiendo en su boca el punto de luz. De repente, me quedé perplejo, cuando pude ver en su lengua un punto blanco, punto que fue tomando cuerpo, agrandándose en forma espiralada, hasta alcanzar un diámetro aproximado de una peseta rubia de aquel entonces y un espesor de unas dos pesetas superpuestas. A raíz de ahí, permaneció unos instantes de esa manera y, de idéntica forma a como se estructuró, se fue disipando hasta llegar a convertirse en nada. Es decir, no deglutió la forma física generada. Así comulgó Conchita. Poco después, ella volvió a su estado natural dejando tras de sí un halo misterioso que quizás el tiempo pueda llegar a descrifrar.
    
Yo, por mi parte, una vez más, quedé más que impresionado, pensando si llegará el día en que todo esto redunde en un bien para toda la humanidad y de si la Iglesia, hechas las oportunas averiguaciones y estudios, pudiera llegar a decir que en esta aldea montañesa se gestó un hecho milagroso, bajo la advocación de Nuestra Señora de Garabandal.
    
Agotadas mis vacaciones, con la satisfacción del deber cumplido por las clases impartidas, aunque no hasta el punto por mí deseado y, por supuesto, con la profunda huella dejada en mi ser por los acontecimientos vividos, volví a mi Santander nativo a disfrutar de la vida familiar y cotidiana.
    
Tengo en la actualidad sesenta y cuatro años y, de todo lo relatado doy fe testimonial a los efectos necesarios.
        

                En Santander, a 28 de febrero de 2005.

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Entrevista con Consuelo Husé Gómez


¿Cómo y cuándo conoció Garabandal?

    Pues en realidad tuve noticias cuando empezó a salir por primera vez en el periódico y en revistas lo que pasaba en Garabandal. En aquel momento no le di mayor importancia.

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Entrevista con Francisco Luis Martín Navarro

-¿Se puede presentar?
Mi nombre es Francisco Luis Martín Navarro. Mis amigos me conocen como Paco o Paco Luis.

Madre NievesTestimonio de Madre María de las Nieves García

"MIS RECUERDOS DE CONCHITA EN EL COLEGIO DE BURGOS"
(1966-1968)

 


 

1.- El ingreso en el colegio de Burgos:
 En 1966  desempeñaba el cargo de superiora de nuestro colegio de Burgos, ciudad que fue la cuna de nuestra Congregación de Concepcionistas Misioneras de la Enseñanza, donde nuestra santa fundadora, Carmen Sallés, la había echado a andar en 1892. En 1966 era uno de los colegios más grandes de la ciudad y teníamos un internado para niñas, lo que era muy común en todos los colegios religiosos. Pero durante el curso 1966-67, teníamos ocupadas todas las plazas de las internas, por lo que había indicado a la encargada que no recibiera ninguna solicitud nueva, porque no podíamos atenderla.

D. Juan Alvárez Seco, brigada de la Guardia Civil

Dice Don Juan:
Cuando estaba próximo a mi ascenso a Brigada, decía para mí:
-- No quisiera ser destinado por la parte Norte.
Se comprende que la Divina Providencia dispuso que fuera destinado a Santander, por lo que más tarde medité y reconocí que mi destino estaba en el Norte y especialmente en los límites de las provincias de Palencia, Asturias y Santander, en Rionansa.
El primero de Abril de 1961, me hice cargo de la Línea de la Guardia Civil de la referida demarcación, y cómo no, con muchas recomendaciones por parte de mis Jefes, como una cosa especial, y con tacto, puesto que mi antecesor había tenido que salir para otro destino por orden de la Superioridad y en beneficio del servicio. Llevaba sólo dos meses en mi destino, por lo que apenas había tenido tiempo suficiente para conocer la demarcación asignada.
Los sucesos que me propongo narrar dan principio el 18 de junio de 1961.
Algo maravilloso ocurre en mi demarcación, de lo que me doy cuenta el día 20 del mismo mes, en ocasión en que me encontraba en visita del Médico Dr. D. José Luis, sorprendido a su vez por las noticias que acababan de darle dos mujeres de San Sebastián de Garabandal, quienes manifestaban haberse aparecido el Arcángel San Miguel a cuatro niñas.
Creo que en aquel momento no sé si al Sr. Médico le pedí la receta que me iba a dar para mi oído, objeto de la consulta, porque me da la impresión de que ya no llegué a necesitarla, puesto que oí perfectamente las manifestaciones de aquellas señoras.
Trasladándome seguidamente al Cuartel, para ponerlo en conocimiento al cabo D. José Fernández Codesido, al que ordené que lo antes posible se trasladara a San Sebastián de Garabandal y se informara de las cuatro niñas en relación con el caso que nos ocupa.
El mencionado cabo me informó a su regreso que, efectivamente, todas ellas han coincidido en la misma aparición del Ángel. Las protagonistas resultaron ser:
Conchita González González de 12 años de edad y huérfana de padre.
María Dolores Mazón González de igual edad que la anterior e hija del Presidente de la Junta Vecinal de San Sebastián, Sr. Ceferino.
Jacinta González González, también de 12 años, tiene padres y hermanos.
María Cruz González Barrido, la más pequeña del grupo, de 11 años.
 
Las cuatro videntes informaron, por separado, al cabo Fernández que:
-- Ellas se hallaban jugando a las «canicas» a la entrada de la Calleja llamada la «Ventura» junto a un pequeño huerto adjudicado al Sr. Maestro de la Escuela, huerto en el que había un manzano lleno de fruta, lo que a las niñas llamó la atención, y como cosa de criaturas cogieron manzanas del árbol, como es natural, para comérselas, no dándole importancia alguna por ser cosa de niñas.
Pero en cuanto a las apariciones creí conveniente poner en antecedentes a mis superiores. Pero siguiendo los consejos del cura-párroco, don Valentín Marichalar, retrasé esta información unos días, en espera de nuevos acontecimientos.
El día 21 de dicho mes de junio decidí ir a visitar al cura-párroco, al que encontré en el camino en el coche del Indiano, con el fin de dirigirse a Santander para entrevistarse con el Sr. Obispo. Lo que me obligó a regresar apresuradamente al cuartel y remitir por mediación de un guardia una nota informativa a mi Jefe Superior, informándole de todo lo ocurrido en Garabandal.
Al siguiente día 22, me dispuse de nuevo a subir a Garabandal con mi ordenanza para informarme personalmente sobre los hechos allí acaecidos.
Garabandal es una pequeña aldea montañesa, compuesta por unos 70 vecinos aproximadamente. Resulta grande o inmensa por la innata cordialidad de sus moradores.
Enclavada en las estribaciones de los Picos de Europa y próxima a Peña Sagra, limita esta zona con las provincias de Asturias, Palencia y Santander. Para llegar hasta Garabandal hay que subir un duro camino que arranca de Cosío. Serpentea por la montaña durante siete kilómetros hasta alcanzar el pueblo.
Actualmente se sube fácilmente por la carretera que se construyó después. El antiguo camino tenia algunos repechos difíciles para vehículos debido al barro y las piedras por lo que se subía frecuentemente a pie o en vehículos todo terreno.
Durante mi acceso a la pequeña localidad pude apreciar un paisaje maravilloso, que me hizo recordar los «Belenes» que en época navideña se hacen en Cataluña. Ya en el pueblo, observé cómo corrían por las calles el agua, las gallinas, los cochinillas... sin que faltaran ovejas, cabras y vacas con sus tintineantes esquilas y cencerros.
Las costumbres de sus habitantes son primordialmente religiosas.
Jamás olvidan, bajo pretexto alguno, el rezo del Ángelus, tan pronto como el reloj señala las doce horas (mediodía). Por la tarde rezan el santo rosario dirigido por el cura-párroco, y en su ausencia, por la Maestra o por la viuda Maximina. Al entrar la noche, la mujer de Simón y madre de la vidente Jacinta sale por el pueblo con un farol y una campanilla, y recuerda a todos los moradores las últimas oraciones de la jornada.
Los domingos, después de haber oído la Santa Misa en la Iglesia humilde y antigua, se toman un poco de descanso. Por la tarde, la juventud se reúne debajo de uno de los porches, y cantan y se divierten al son de una pandereta, destacando el respeto y honestidad en sus voces y movimientos.
Se observa el curso de un riachuelo que recoge las aguas de las lluvias y que atraviesa la plaza y el pequeño puente que lo cruza en dirección al pórtico de la Iglesia. Este puentecillo, cuando era atravesado por varias niñas juntas en éxtasis, si alguna quedaba fuera de el, caminaba sobre el "aire" sin caerse.
Ya en el pueblo, como he dicho, acompañado de mi ordenanza, Celemín.
Mi ordenanza, Celemín, me presentó a una vecina llamada Valentina, mostrándose dicha señora muy amable, reflejando en su rostro una expresión de bondad y cariño, y tratándome como si me conociera ya de antemano.
Sin hacerse rogar, me manifestó que:
La primera aparición había tenido lugar el domingo, día 18, después de que las niñas salieran de rezar el santo rosario y asistieran al Catecismo en la Iglesia.
Una vez libres para sus juegos, decidieron ir a la Calleja de la Ventura, desprendiéndose de una de las que les acompañaban, o invitando a otra a que subiera con ellas para jugar a las canicas, cosa que hicieron como también coger unas manzanas del árbol del huerto del Sr. Maestro, quien, viendo que el árbol se movía, encargó a su esposa se enterara de lo que ocurría, pues creyeron se trataba de las ovejas que estaban en el manzano.
Al oír, las cuatro se echaron a reír y nada pasó. Una vez saciadas y con alguna fruta en los bolsillos, sienten los primeros remordimientos de conciencia, y la reacción de las niñas fue culpar al diablo por lo que habían hecho; y, en todo furor, cogieron todas ellas sendas piedras, arrojándolas hacia un rincón con todas sus fuerzas, donde creyeron que estaba el diablo riéndose de ellas. Una vez tranquilas, se dispusieron a salir del mentado huerto para volver a sus juegos.
Fue entonces cuando Conchita vio aparecerse de pronto a una figura muy bella, pequeña, y con alas muy relucientes, y señalando hacia la aparición decía:
-- Ahí... ahí...
Las restantes niñas, al ver a Conchita en semejante posición trataron de correr para avisar a su familia, porque creían que le había dado un mareo, momento aquel en que las demás también se extasiaron viendo al Ángel en esta posición, todas gritaron:
-- El Ángel.
Unos niños que jugaban también en la calleja las apedrearon, y fue cuando el Ángel las llevó más arriba, en la Calleja, a unos 50 metros.
Una vez allí, en posición de rodillas y mientras veían al Ángel y le escuchaban, quiso pasar por entre ellas un vecino que venía de arriba de la montaña con un panal para la miel, y al ver que no se separaban para dejarlo paso, se molestó por no dejarle pasar, ignorando de lo que se trataba.
Una vez pasó en dirección al pueblo, se extrañó de que las niñas continuaran en la posición que las había visto. Cuenta el narrador que en toda la noche no pudo dormir, pensando que algo raro había visto; lo que explicó a su mujer, la que respondió que se trataba de cosas de niñas.
 
Durante esta primera aparición, el Ángel encargó a las cuatro niñas que cada día fueran al mismo sitio a rezar el santo rosario y que él estaría con ellas.
Las niñas asustadas y llorosas fueron hacia la Iglesia para rezar y más tarde a manifestarlo a sus respectivas familias. La reacción de los familiares, temiendo que sus hijas les mintieran, era contraria a que tuvieran que ir al siguiente día a la Calleja.
La única que se opuso fue la madre de Conchita; pero al insistir las demás niñas, quiso disimular para que fuera con ellas a la Calleja, prometiéndole que se fueran las tres y que Conchita iría después para unirse a ellas.
La señora Valentina decía que:
-- vale más que vean al Ángel que no otra cosa peor.
Varias mujeres las espían y, al ver que es cierto lo que ellas manifestaban, se produjo gran revuelo en el pueblo; lo anunciaron a todos, y convencidos y sin que persona alguna se burlara, acudieron a la Calleja para presenciarlo.
A partir de este día yo estaba contento y ordené se pusiera una pareja de vigilancia en Garabandal; la noticia corrió por todos los pueblos limítrofes, y a diario se desplazaban gentes a Garabandal, lo que motivó que se intensificara la vigilancia.
Después de la tercera o cuarta aparición del Ángel, pasaron ocho o nueve días sin nuevas apariciones, por lo que la gente llegó a desconfiar.
Después de esos días volvió a aparecer el Ángel y cada día se encontraban en Garabandal de 500 a 3.000 peregrinos para presenciarlo.
Recuerdo que las videntes decían que tenían tres llamadas. A la primera, dicen, que experimentaban una sensación de alegría del pecho a la garganta, y lo mismo con la segunda. Pero cuando ya tenían dos llamadas se les notaba, pues se ponían muy nerviosas y se colocaban un suéter, como si tuvieran que ir a la Iglesia.
Después de varias apariciones del Ángel, llegó a San Sebastián de Garabandal un maestro para dar lecciones de las asignaturas suspendidas al hijo del Indiano Etaquio, y este maestro, por intercesión del cura párroco don Valentín, tenía que estar pendiente y acompañar a las videntes durante su aparición, para escuchar las charlas que sostenían con el Ángel y tomar nota.
La gente que subía para ver las apariciones, se decía si las hipnotizaban o las daban píldoras y otras cosas por el estilo.
Después de una aparición, me participa un compañero, Sargento de la Guardia Civil que, al terminar el éxtasis de Conchita, el maestro se la había llevado a casa del Indiano; y que va a resultar que cuanto dice la gente es verdad, y afirman que es el maestro que les da las píldoras.
Acto seguido me trasladé a casa de Etaquio, el Indiano y, efectivamente, compruebo que el maestro está en una habitación con Conchita.
Le preguntó el objeto del caso y me responde que, por encargo de don Valentín, al terminar la aparición se informa por la vidente de lo que han conversado con el Ángel y qué es lo que quiere, para después hacer como una especie de informe y darlo a don Valentín para su entrega al Sr. Obispo.
No falta quien dice que Conchita se pone de acuerdo con las otras y marchan a la misma hora a la aparición, que es la que influye en las demás.
Dicen igualmente que es una enfermedad; es cuando a petición del padre de María Dolores reclaman la presencia del Médico don José Luis, titular de la comarca, y sube en compañía del Alcalde y del Presidente, y las recluyen en el bar de Ceferino; las introducen en el cuarto donde Ceferino guarda el pan, y las reconoce el Médico.
Recuerdo que a medida que eran reconocidas, salían disparadas para ir después a la Calleja y estar en la visión del Ángel.
El médico dice que las niñas están epilépticas y enfermas; que todo lo que pasaba es debido a la enfermedad que tienen.
Pero yo veo que las videntes están la mar de bien y que cada día están más guapas y más sanas; mientras que los padres y hermanos presentan un aspecto de cansancio, y sus rostros, como si estuvieran agotados físicamente, denotan falta de sueño y reposo.
Se ordena por el Cura párroco y otros que se las separe de dos en dos, para comprobar si todas ellas acuden a la misma hora a la aparición.
Efectivamente, cuando sucede la última aparición salen las cuatro de distinto lugar coincidiendo en el Cuadro a la misma hora. Las cuatro niñas salen del éxtasis con la misma facilidad con que entraron. Estaban más contentas y absolutamente normales
Cuantos contemplan las escenas quedan impresionados, todos quieren tocarlas el pelo y las mujeres besarlas, gracias a la pareja que las custodia hasta que se disuelve la aglomeración.
 
El sábado, 24 de junio la gente que había de cuantos lugares tenían noticias los sucesos, deambulaba por el pueblo.
En el lugar de la aparición se levantó un cerco de madera para evitar que las videntes fueran maltratadas a pinchazos, y que fueran rodeadas sólo por los curas y quitaran la vista a los demás, y a fin de evitar también las avalanchas del público para no presionar a las videntes.
Al terminar la aparición se trasladaron a la sacristía de la iglesia para explicar a don Valentín lo que habían visto y también a otros observadores desconocidos.
Días 24 y 25 de junio:
Mucha más gente que en días anteriores, varios sacerdotes y médicos. Durante el éxtasis un médico quiso levantar a Conchita, y por el exceso de peso que, por lo visto, experimentaba cuando se hallaba en tal estado, se le cayó desde regular altura dando con las rodillas en el suelo, produciéndose un buen crujido.
Al terminar y examinar a las niñas se observaban claramente las marcas de la caída de Conchita, de pinchazos, golpes y arañazos que a manera de pruebas habían hecho algunos a las videntes, sin que ellas acusaran el menor dolor ni hubieran hecho la menor expresión cuando se las produjeron.
De nada se enteraban, ni del mundo exterior; y pasado el éxtasis tampoco les dolía; sólo les quedaba señal.
Día 1 de julio. Sábado:
Numerosísima concurrencia de todas clases mezclada con médicos. Sobre las siete de la tarde se produce la aparición. Duró unas dos horas.
Al terminar, las niñas dicen que fue muy corta, que duró solamente dos o tres minutos. En aquella posición es humanamente imposible permanecer tan sólo unos pocos segundos y menos todavía, con expresión angelical. Esta vez el Angel les dijo que, al día siguiente, verían a la Virgen.
Día 2 de julio. Domingo:
La Calleja se encontraba repleta de gente que rezaba el rosario. Todos querían presenciar el éxtasis.
A mi lado se encontraba el segundo Jefe del Salto de Nansa, Sr. Rocha, que había subido al Dr. Morales y Dr. Piñal, ambos nombrados de la Comisión por el Sr. Obispo Fernández, y recuerdo que me dijo el Sr. Rocha:
-- Esta tarde las videntes no subirán al Cuadro para ver la visión.
Le respondí que:
-- En las cosas divinas no tenía el menor poder médico alguno.
Le acerqué a la curva de la callejuela y comprobé que se encontraban a mitad de la misma. Permanecí en espera a que subieran al Cuadro para impedir el doctor que se produjera la aparición, con la sorpresa del Sr. Rocha de que las videntes subieran al Cuadro, sin que fuera molestado por la potencia del Dr. Morales.
Todas ya, de rodillas, iniciaron el primer misterio del Rosario, y acto seguido tuvieron la visión. Llegó al lugar el Dr. Morales y dijo:
-- Esto ya está visto.
O sea, que el doctor no había podido lograr evitar la aparición.
Las cuatro videntes lanzaron un grito a la vez, diciendo:
-- La Virgen.
En principio creyeron que fuera Ntra. Sra. del Perpetuo Socorro, y después se oyó, que era Ntra. Sra. del Carmen, porque tanto el Niño Jesús como la Virgen llevaban en sus manos el escapulario.
La Virgen estaba rodeada de seis ángeles, contados por la Conchita que se oía perfectamente.
También decía Conchita:
-- ¡Qué Ojo!.
A la derecha de la Virgen apareció como un cuadro de fuego. Después de la visión se pudo saber que era la Stíma. Trinidad, en forma de Ojo. Representa a Dios que todo lo ve.
Destacaba la rigidez de las videntes con lágrimas en sus ojos y muy demacradas con cara de cera. Siendo la que más lloraba Mari Cruz, a la que un médico cogió por la garganta para apartarla de la mirada al frente, y no pudo conseguirlo; pero sí oí un chasquido de torcedura muy grande; creí que la hubiera causado daño; sin embargo, nada le había sucedido.
Cuando las videntes llevaban un rato en la visión, su rostro era ya más tranquilo, su posición, frente a los pinos:
A la derecha, María Dolores; le seguía Conchita y a continuación Jacinta. A la izquierda y a mi lado estaba Mari Cruz; todas tenían en sus manos rosarios y cuentan a la Virgen lo que hacen en sus faenas de casa, lo que se oye perfectamente.
María Dolores enseña los dientes, pues se supo después que la Virgen había dicho que tenía unos dientes muy bonitos. A continuación Conchita con la boca poco torcida y abierta muestra a la Virgen que tiene una muela picada.
También se comprende que las pregunta la Virgen cómo es el cura, y responden que don Valentín es muy feo, pero muy bueno. El propio don Valentín pudo oír estas palabras y muchos de los estábamos junto a ellas. Le decía a la Virgen que pedía por los Guardias Civiles que las protegen mucho de los curiosos y evitan de que les hagan daño.
 
También le piden a la Virgen que les deje la corona, y al final cede la Virgen y se ve cómo la recogen y se la pasan de una a la otra.
También Conchita pide a la Virgen que le deje una de las estrellas que lleva la corona para que se la ponga ella en la cabeza y los presentes lo vean, y puedan creer en las apariciones, mas la contestación de la Virgen es:
-- Que ya lo creeremos.
Las videntes describen a la Virgen de esta manera:
-- Vestido blanco, manto azul, corona de estrellas doradas, manos estiradas, con un escapulario marrón , pelo largo y castaño no oscuro y raya en medio; cara muy bonita. Aparenta unos 17 años y es más bien alta, afirmando las cuatro que su voz es inconfundible y muy melodiosa.
 
A partir de estos momentos he presenciado muchas apariciones y he sido testigo además de los éxtasis, de centenares de marchas extáticas, corriendo velozmente en este estado por las calles del pueblo, e incluso algunas veces lo hacían de espaldas.
Cuando corrían a encontrarse, unas extasiadas y las otras normales, a la que estaba en éxtasis no se le podía alcanzar, incluso algunos del pueblo trataban de correr sin poderlas alcanzar, incluso las videntes en estado normal no podían alcanzar las que estaban en éxtasis.
Así mismo he sido testigo muchas veces de cómo en pleno éxtasis y una vez besados los objetos por la Virgen, los devolvían a sus propietarios sin equivocación alguna.
Algunos, después de haber besado sus medallas, se las entregaban a otras personas para que las dieran a las videntes a fin de que la Virgen las besara de nuevo; pero se oía decir que ya estaban besados y que por eso no los besaba por segunda vez.
Alguien entregaba anillos sellos y no eran besados; sólo besaba los anillos esponsales, y éstos eran entregados muchas veces a los propios dueños entre mucha gente, y sin equivocarse con otros que llevaban en las manos.
He conocido a las videntes «muy feas», pero cuando están en éxtasis tienen una cara bonita y muy angelical; también las he visto caer y pegar con la cabeza en una piedra, sonar un fuerte golpe y dolerme a mí más que a ellas, porque nada les pasaba.
Los fenómenos habidos han sido por espacio de tanto tiempo y con tal frecuencia, en el transcurso de una jornada se daban dos y tres éxtasis, que resulta casi imposible enumerarlos y relatarlos todos.
Ello me obliga a recordar tan sólo algunos casos y cosas vividos por mí, aun cuando en mi mente recuerdo tanto y con tal exactitud, que no olvidaré mientras viva si Dios así lo quiere.
Las videntes en el Cuadro, muy serias y pendientes de lo que la Virgen estaba encomendándoles. A alguna se le caían lágrimas muy grandes. Mientras que los presentes también recibíamos esta emoción. Al terminar el éxtasis de las cuatro niñas y en un completo silencio anuncia el Padre don Valentín:
-- La Virgen ha dado a las videntes un mensaje, que no lo pueden decir al Sr. Cura, ni a sus padres, ni al Sr. Obispo.
Al siguiente día tienen que subir ellas solas a los pinos, por encargo de la Virgen y que no haya persona alguna, y para que esto sea vigilado proponen las videntes que les acompañen dos pequeñas, tan pequeñas que tendrían sólo tres años y que apenas se daban cuenta del caso.
Recuerdo que a mí me dijo María Dolores:
-- Brigada, usted y mi padre pueden estar cerca, pero a unos 100 metros a la derecha de los pinos, y también el cura con dos religiosas a la izquierda de los pinos, también a unos cien metros, y el resto de la gente, bien retirada.
Así lo hicimos y se pudo observar cuándo estaban en el momento del éxtasis, porque al llorar mucho las videntes, las pequeñas se asustaron y daban voces de llanto. Después se supo que el fin de estar las videntes solas es porque la Virgen tenía que hacerlo constar en el mensaje para el 18 de octubre de 1961.
Con cajones de fruta hicieron un pequeño altar, cogieron flores del campo y lo montaron al pie de los pinos muy bien preparado, muy bien preparado por ellas, que lo hicieron en toda la mañana.
Un día la Virgen se apareció a las videntes en los pinos, lo que fue presenciado por un Guardia Civil de Reinosa y por un amigo suyo que habían subido para ver algún éxtasis, y manifestaron los testigos que Conchita decía a la Virgen:
-- pero no te haces daño con esas cañas.
porque se aparecía la Virgen en la parte alta y entre dos pinos. Entre los mismos se hallaba la hija de Primitiva, llamada Elvira y otro del pueblo.
En las primeras apariciones de la Virgen a las videntes, después de dar muchos rosarios y medallas a besar, Conchita muestra sus coletas a la Virgen, en ademán de ofrecérselas.
Los médicos, que sólo subieron un día, acuerdan con el Sr. Obispo de llevarla a Santander; y da la casualidad que el día anterior, como yo no podía estar para ver las apariciones, ordené a los Guardias que observaran ese día, para que, a mi regreso de Santander, me expliquen lo sucedido.
El 27 de julio se llevan a Conchita a Santander para meterla en un convento; y que las niñas que encuentran pensionadas en el mismo la sacarían por la ciudad para distraería, con el objeto de que se la pasara la enfermedad que ellos creían tenía.
Yo regreso a PuenteNansa y llamo a la pareja para que me explique lo que había sucedido ese día de mi ausencia. Y me informan que:
-- A la una horas (13 h.) a las tres videntes, Mari Cruz, Jacinta y María Dolores se les apareció el Ángel San Miguel, y fueron las tres videntes las que dijeron al Angel que daba pena que este día, al aparecerse la Virgen en Garabandal, Conchita no la vería. Y les dijo el Ángel a las tres que Conchita vería a la Santísima Virgen en Santander, a la misma hora que ellas en Garabandal.
El siguiente día sobre las ocho de la mañana recibo en Puente-Nansa una llamada telefónica del Brigada de la Guardia Civil encargado de la Comandancia, Crecencio, y me dice:
-- ¿Qué fue lo que ocurrió en Garabandal en el día de ayer?.
A las 13 horas le dije:
-- El Ángel se ha aparecido a Mari Cruz, Jacinta y María Dolores y les ha dicho que Conchita tendría la visión de la Santísima Virgen en Santander a la misma hora que ellas.
Confirmando mi compañero Crecencio que, efectivamente, Conchita había tenido por la tarde en Santander la aparición de la Virgen junto a la verja del Convento.
Un joven que yo había visto en Garabandal, a donde había subido para presenciar las apariciones y que conocía perfectamente a las cuatro videntes, me confirmó que al ver a Conchita en Santander, en unión de varias nenas, por encima del túnel que va de una de las calles a la Estación Férrea, caminando hacia el Convento, Conchita cayó en éxtasis en plena calle.
Cuando la madre de Conchita regresó a Garabandal decía que su hija estaba enferma y que por esto tenía las visiones en Garabandal; que todo era mentira, que se lo habían anunciado no sé qué autoridades eclesiásticas.
Estando yo cerca de la fuente donada por Etaquio a Garabandal, dos vecinas del mismo pueblo decían a la madre de Mari Cruz que todo era falso; de no haberme encontrado en aquel lugar habría habido pelea por parte de la madre de Mari Cruz; mas nada pasó afortunadamente.
Llegó Serafín de la corta de leña en Navarra preguntando a su madre por Conchita y ésta le contesta que está en Santander. Serafín encarga a su madre que la hija regrese a casa.
 Ya en Garabandal, Conchita, jugando por la tarde en su casa con una vecina, nieta de la señora Primitiva, oye la voz de la Virgen que Conchita reconoce y se le ocurre mirar debajo de su cama por si estuviera allí la Virgen porque no la veía.
La Virgen encargó a Conchita que al siguiente día fuera con sus amiguitas videntes a la visión. Cuando las cuatro estuvieron juntas, Conchita les dijo que no salieran de Garabandal cuando las quisieran llevar.
Lo que me contó Conchita cuando le cortaron las coletas:
Dijo que la llevaron a una peluquería donde había dos dependientas y el ama, y una de las dependientas fue a cortarla el pelo y no podía, o es que estaba nerviosa y, que al final, el ama a puro trance se lo cortó; y Conchita en vez de sentirlo, sonreía y decía:
-- Ahora estoy más guapa.
Ella había cumplido lo que yo comprendía de que un día había prometido ofrecer las coletas a la Virgen; esto creo yo, puesto que ella, con la visión en Garabandal, no hacía más que ofrecérselas a la Virgen.
Enterada la madre de María Dolores de que al regreso de Santander había dicho la madre de Conchita que las videntes estaban enfermas y que todo era mentira, dijo a su hija (sin que lo supiera su padre Ceferino) que cuando tuviera la llamada no fuera a la visión; y llegó la hora y María Dolores fue a la Calleja y estuvo poco rato el Ángel en la visión, un solo minuto y terminó el éxtasis y regresaba a casa llorando.
Al verla su padre le dijo:
-- Ya te ha dicho tu madre algo; ¿qué es lo que te ha pasado, que vienes llorando?.
María Dolores contesta que:
-- había estado poco tiempo con el Ángel porque su madre le había dicho que no era verdad lo de las apariciones.
Las piedrecitas besadas por la Virgen:
María Dolores sale extasiada de su casa por la Calleja hacia los Pinos; y al salir de la calleja se queda de rodillas, le hacemos un corro, encontrándose a mi lado el Padre Ramón Andréu; vemos cómo María Dolores coge piedras y las da a besar a la Virgen y dice:
-- Esta piedra es para una amiga suya o familia que se encuentra en Cádiz.
Coge otra y hace lo mismo y la ofrece para otra que también se encuentra fuera de Garabandal, y coge otra y no dice nada, dejándola en el suelo; pero la cogí yo y me la guardé en el bolsillo de la sahariana.
María Dolores continúa hablando con la Virgen y se comprende que la Virgen le pide la última piedra que ha besado y le pide a Loli que se la muestre. Loli, mirando hacia arriba y tocando con la mano sobre el suelo, no encuentra la piedra; colocamos dos o tres a su lado, las toca y no hace caso de ellas; pero el P. Andréu dice:
-- Brigada, saque del bolsillo esa piedra que usted se ha guardado y póngala en el suelo.
Obedezco y acto seguido parece que la Virgen le dice que ya está en el suelo; Loli toca varias piedras y entre ellas la que yo le puse; la coge y se la muestra a la Virgen y ya queda tranquila; la deja nuevamente en el suelo de donde vuelvo a recogerla y guardarla.
Al terminar el éxtasis le pregunto si la piedra que yo me había quedado y la que ella buscaba la tenía ofrecida a alguien, respondiéndome negativamente, por lo que me quedé con la piedra.
El día que una autoridad subió a Garabandal en unión de don Emilio Valle y sus hijas.
Aquel día las hijas de don Emiliano me dieron varias medallas para que yo las entregara a María Dolores y ésta se las diera a besar a la Virgen; así lo hice. María Dolores tuvo la aparición en los Pinos. Recuerdo un caso curioso y es que María Dolores se encontraba caída en el suelo, boca arriba, hablando con el Ángel y decía:
-- Si tú no me ayudas yo no puedo levantarme.
En este momento vi cómo Loli extendía el brazo y fue incorporándose poco a poco hasta la posición de sentada, al igual que si uno cualquiera le hubiera dado la mano y lentamente le hiciera incorporarse hasta dicha posición.
Subí por la tarde a Garabandal y al llegar me salió al encuentro el Indiano Etaquio y me dice:
-- Brigada, si usted hubiera subido más pronto habría presenciado y escuchado la voz de la Virgen.
Y al pasar por casa de Jacinta, se encontraba ésta con María Dolores a la puerta. Me llaman con una gran alegría y me dicen:
-- que esta mañana, el Dr. don Ángel Domínguez Borreguero Director del Manicomio Provincial de Salamanca les había dejado el micro para que registraran la voz de la Virgen.
Entonces me fui al mentado Dr. Domínguez para que me informara, el cual me dijo que:
-- la cinta donde están grabadas las palabras de que la Virgen no quiere hablar se la mostraría a usted pero estamos expuestos a que por una pequeña avería se borre.
El acompañante del Dr. Domínguez era don Gerardo Pleya, Catedrático de la Universidad de Salamanca; ambos se hallaban veraneando en Llanes (Asturias) y, al enterarse de las apariciones, acudieron a Garabandal. Si ellos quieren, pueden dar testimonio.
Día 25 de julio de 1961, festividad de Santiago Apóstol.
Este día tenía una pareja en la Calleja, y otra frente a la casa de Conchita. Las cuatro videntes jugaban en el prado de una cerca y serían aproximadamente las siete y media de la tarde. El cielo estaba completamente libre de nubes.
De pronto se formó una nube muy negra encima de Piedra Sagra, y al mismo tiempo se vio un rayo muy grande de arriba abajo. Las videntes cayeron de rodillas con gran temor. El trueno fue muy estrepitoso; las niñas con la vista extasiada hacia arriba.
Tuve que apaciguar los gritos de la madre de Mari Cruz, y todos permanecimos en silencio; y hay quien dijo muy serio, sin darlo importancia, que había visto sobre la luna una figura o dos como viste el Santo Padre.
Cuando el Exmo. Dr. D. Doroteo Fernández y Fernández publicó la primera nota del Obispado recomendando que los curas se abstuvieran de subir a Garabandal, estos subían vestidos de paisano.
 Recuerdo que, extasiada Conchita, le decía la Virgen:
-- Hay tres curas en el pueblo.
Conchita decía que sólo había uno; y se oyó decir a Conchita:
-- Hay tres.
 Llegó hasta dos paisanos que estaban observando; al final se acercaron para informarse bien, y los dos paisanos se identificaron como lo que eran, sacerdotes; sólo que vestían de paisano en vistas de la prohibición del Sr. Obispo. El caso es que ya no volvió a encontrárselos en el pueblo.
También se presentaron otro día dos Alféreces del Cuerpo de Aviación; yo les reconocí y nada quise decir, pero las videntes supieron por la Virgen que eran capellanes.
El día 12 de octubre de 1961 recibí la Cruz a besar, separadamente por las cuatro, como una felicitación de la Virgen por ser el día de mi Patrona y acudir esa tarde a Garabandal.
Día 17 de octubre de 1961.
Víspera del Primer Mensaje.
Subí con catorce parejas a mis órdenes, para mantener el orden la misma víspera del 18.
Extasiada Conchita se acercó a mí, y a mí sólo me dio a besar la Cruz, lo que para mí significaba una esperanza de que todo saldría bien
A pesar de la enorme cantidad de personal que subió al pueblo y a pesar de la lluvia torrencial que se sucedió durante todo el día, no pasó la menor desgracia.
Calculé en Garabandal de unos doce mil a quince mil personas; y de ochocientos a mil automóviles y sin accidente alguno, lo que fue para mí una gran sorpresa.
Yo estaba junto a las videntes, cuando del pecho sacaron una carta escrita que don Valentín abrió y leyó. Los presentes pedían que se leyera más fuerte, y pude oír claramente que las cuatro videntes le decían todas al mismo tiempo (lo de la carta) y sin equivocarse. Luego la leyó un voluntario con voz fuerte.
El primer Mensaje dice:
Hay que hacer muchos sacrificios, mucha penitencia. Visitar al Santísimo. Pero antes tenemos que ser muy buenos. Si no lo hacemos nos vendrá un castigo. Ya se está llenando la copa, y si no cambiamos, nos vendrá un castigo muy grande.
Todos los que ese día subieron al pueblo, esperaban ver el sol en plena noche como en Fátima. En realidad se hizo lectura de un grave mensaje, que hoy tiene una importancia considerable. Es así que lo he comprendido.

Volver a los testigos

padrepioLa carta de Padre Pío

El 3 de marzo de 1962, las cuatro jóvenes videntes: Conchita, Mari Loli, Jacinta y Mari Cruz, recibieron una carta anónima en San Sebastián de Garabandal. Este incidente fue contado por el Doctor Celestino Ortiz, un incuestionable testigo, y sobre él hace un recuento el Padre Eusebio García de Pesquera en su libro "Se fue con prisas a la Montaña".


Aniceta González González:

18 de junio de 1961.
A Conchita le tenía dicho: Tienes que venir a casa siempre de día, nunca de noche. Ese día estaba preparando la cena, era el mes de junio. Serían sobre las nueve o así, todavía era de día; pero es que, aunque era de día, a mí me parecía un poco tarde. Cuando vino estaba pensando: Si hoy me vienes un poco tarde, mañana me vendrás más tarde, has de venir aquí a la hora.
En esto, entra Conchita y traía los ojos de llorar. Se arrima aquí, a la puerta, a esta mano izquierda según entro:
-- Mamá, hoy he visto al Ángel.
-- ¿Al Ángel? Además que viniste tarde, ¿ahora me vienes a mí con esas tonterías? ¡A mí no me hables de eso, eh!
Pensé que me venía engañando para que yo no la regañara. Ella se quedó arrimada a la pared. Yo no le dije nada, pero me dio un escalofrío por dentro, sentí una cosa rara. Me dije: ¿Qué será esto? Pero bueno, nada le pregunté. La aparición fue un domingo.
El lunes estábamos ayudando a una señora. Aquí, siempre, cuando hay una señora que no puede o que ha dado a luz o que está un poco enferma, tenemos costumbre de ir a ayudarle todas. Precisamente estábamos sallando en esa tierra de ahí adelante una tierra de maíz, de panojas, que era de esa muchacha hermana de María. Estábamos allí como unas 14 ó 15 señoras y jóvenes, todas juntas.
Y decían:
-- Desde luego, algo pasó, tenían una cara que daba pena verlas, de pálidas que se quedaron.
Y yo callar; yo lo que quería es que no se supiera nada, nada. Tenía una cosa dentro, pero no quería que nadie supiera esa cosa. Al venir de la aparición se tropezaron con la maestra y fueron a la iglesia a rezar una estación y luego fueron por el baile a donde estaban las otras. Yo no lo vi, pero lo contó Conchita. Conchita vino a casa con miedo de que la regañara.
Entonces yo les dije a esas señoras:
-- No seréis vosotras tan niñas como ellas. Ya sabéis que las niñas, a veces, van corriendo por ahí y dicen: ¡Ay, hemos visto un "tiu"! Eso es lo que ha pasado, y no es otra cosa. Vosotras creéis eso y eso no se debe creer.
Un "tiu" le llamamos nosotros a una cosa que da miedo.
Yo tenía una cosa aquí dentro que no sabía lo que me pasaba; pero no quería que lo supieran. Todavía tardé unos días en ir a verlo; me daba vergüenza.
Donde está ahora la casa de Serafín, en esa casa, yo tenía ahí el cerdo, que llamamos el marrano, y le iba a cebar allá. Las apariciones estaban allí donde aquel manzano de la casa del sevillano. Cuando fuimos allí, Conchita estaba conmigo, nunca se separaba de mí, y, al ir a cebarle, dice:
-- ¡Mamá, mira la gente que hay ahí arriba!
Me daba vergüenza que me vieran. Había allí gentes de los alrededores, de los pueblos.
-- Cállate la boca.
Decía yo. Y en esto Conchita se fue para allá, para donde estaban las otras. Decía:
-- Mamá ven, ven, que hay mucha gente.
Yo no quería que nadie me viera y me echaba para un lado para que nadie me viera. Pero no pudo ser, me vieron y me vine a casa. Pero después ya había aquí tanta gente que me había visto que ya fui allá y la vi en éxtasis totalmente, y yo dije:
-- Esto es verdad.
Una persona inconsciente, como estaba yo, pues no sabía lo que era; no sabíamos ni qué era un éxtasis, ni que existieran ellos. Pues aquí algo hay. Me acordé de Lourdes y de Fátima. ¿Por qué lo que ha pasado en otro sitio no puede pasar aquí? Ese día estaban las cuatro niñas allí.
 
Yo tenía costumbre, en el mes de mayo, de ir a la iglesia a hacer una visita por las tardes. Había Misa, porque entonces había sacerdotes todos los días. En el mes de junio estaba más atareada con la hierba, con la tierra de sallar y ya no podía ir a la iglesia.
Era el Corazón de Jesús y le rezaba en casa. Según iba haciendo la cena, estaba así de rodillas con el libro ese que se pasaba de casa en casa un día al mes. Ese día, en el libro, había un imagen del Niño Jesús. Estaba Conchita arrimada a mí y, al yo darle vuelta a la hoja, dice:
-- ¡Ay mamá! Igual que esa estampuca que tú tienes ahí, es el niño Jesús, es el que vemos.
Yo, sin darle color a las cosas, sencillamente le dije:
-- Pues esto es una miniatura, ¡es chiquitísimo!
-- Ah sí, es un poco mayor, pero es de ese color.
El niño sobre la imagen era un angelucu muy mono. El libro ese lo tropecé yo al otro día, pero ya la imagen no estaba allí.
Yo vi todos los éxtasis de Conchita a los que pude ir, todos, aparte de uno o dos, de tantísimos que vimos. No me quedaba por nada. Como yo pensaba que era la Virgen, yo decía:
-- Ella también ha seguido la Pasión, yo también sigo por aquí a mi hija por donde la Virgen la lleva, ¿por qué no?, que esto no me cuesta nada.
Conchita más bien tenía las llamadas en casa y tenía los éxtasis en casa y después salíamos a los Pinos, al cementerio, a las calles por el pueblo, a la iglesia. Con frecuencia salía sobre las 2, 3, 4 y 5 de la mañana. Después del mensaje, Conchita no tenía más que cuatro apariciones a la semana, una a cuatro por semana.
En éxtasis, se le ponía una cara guapísima. Andaba sin cansancio ninguno, sin agotamiento ninguno y salía del éxtasis con alegría. Cuando esas carreras tan grandes, los chicos y los míos, que eran fuertes, venían a casa chorreando agua como si se hubiesen metido en una piscina, de sudor, y ella estaba fresca, normal, tenía el pulso normal y todo.
Las otras tres niñas también entraron en mi casa, en éxtasis. En una ocasión las separaron, para ver si coincidían. Aquí estaba la mía, las otras estaban en sus casas, que las tenían separadas, y salieron corriendo y se encontraron juntas en el mismo momento. Eso lo vi yo.  
Conchita decía a la Virgen:
-- Mi madre es muy fea, es muy negra, está cana...
Y estaban allí unos cuantos sacerdotes y decían:
-- No, cana no.
pero algo cana si que lo era.
Decía ella:
-- Hace un minutín que estás aquí... ¿una hora ya?...
Le decía a la Virgen. Y entonces los señores miraron a un sacerdote que dijo:
-- Exacto, una hora.
Hablaban bajito, pero todas dijeron al mismo tiempo:
-- ¿Una hora?.
A mi hija la vi caer en éxtasis muchas veces, incluso del fogón, en la cocina. Si tenía el éxtasis cuando estaba sentada en el fogón,  se tiraba abajo de rodillas y no le pasaba nada. Sonaba como si cayera un hueso encima de una piedra y se oía perfectamente y, al salir del éxtasis, normal, sin ningún dolor ni daño en las rodillas.
Yo, a Conchita, la vi dar medallas y objetos besados y todo eso sin mirar a quienes les daba, así muchos casos, a montones. Una vez veníamos por las casas de los Marinas, y resulta que, al venir por ahí, una señora metió una alianza en el bolsillo de Conchita; cuando iba andando un poco más para adelante, dice:
-- ¡Ah!, ¿que traigo una alianza? No..., que no la traigo...
Al parecer la Virgen le decía que sí. Conchita mete la mano en el bolsillo y saca la alianza; la dio a besar, se vuelve para atrás y se la dio a un señor que me parece que era de Bilbao, que era maestro.
Casos así a montones. Otra vez, llegó aquí un joven con una señorita, unos novios. Este chico iba de tal forma que me parecía un bandolero. Yo creía que eran, pues eso, dos jóvenes novios. Llovía muchísimo, estaba lleno de gente aquí. Conchita, en éxtasis, entra en la casa. Estaba ahí mi hermana, entre muchísima gente. Y le dice a mi hermana el señor ese:
-- Déle esta Cruz a la niña.
Y dice mi hermana:
-- ¿Para qué se la voy a dar si no cogen nada? En éxtasis no coge nada.
-- Pues désela usted a su madre, para que su madre se la dé.
Viene mi hermana y me dice:
-- Toma, dice ese señor que le des esto a Conchita.
-- ¿Para qué se la voy a dar si no la coge?
Entonces me vino una idea. Era una cruz colgada de un cordón; me vino la idea de colgarla a Conchita en los dedos, ya que Conchita tenía las manos juntas. Conchita insistía con la visión:
-- Que no traigo nada. Que no traigo nada...
Esto se le oía bien, aunque lo decía bajo; yo estaba muy cerca de ella.
-- Pues cógelo, si traigo algo.
En esto, Conchita dio un paso para adelante, tiró las manos abajo y, al tirar las manos, cayó la cruz, y, al dar el paso, pisaba la cruz.
-- ¡Ah!, ¿que la piso?
Baja y coge la cruz, en éxtasis, se la dio a besar a la aparición, se vuelve para el señor ese, le persignó con la cruz y se la dio a besar. Y vuelve otra vez a dar la cruz a besar a la visión, y dice:
-- Con un hábito tan bonito que es el de los dominicos, ¡qué pena que venga así!
Entonces, vuelve al señor, le quita las gafas y se las coloca en las manos. El señor tenía miedo y le digo yo:
-- No tenga miedo de que se las rompa.
Le persignó, le dio a besar la cruz y luego se la colocó al cuello, y, al colocársela al cuello, en vez de poner la imagen para fuera la puso para dentro.
-- ¡Ah!, ¿que la puse al revés?
Le quita otra vez el cordón, le da la vuelta y se lo volvió a colocar. Luego le abre la mano, le coge las gafas y se las pone. Y volvió a decir:
-- ¡Qué pena que venga así, de esta manera!
Era un padre que venía fingiendo, vestido de paisano, con una señorita que era su hermana y venían como dos novios, pero eran un hermano y una hermana, tenían la tienda ahí mismo, al lado. De estos casos podría contarle muchísimos, muchísimos.
Un día, en mi cocina, tuvo una levitación, pero yo no lo vi. Estuvieron aquí hablando de eso el brigada Juan Seco, Don José Ramón, el doctor Ortiz y muchos que estaban aquí, unos cuantos sacerdotes también.
Doña Mercedes Salisachs interviene en este momento:
-- Yo oí que hubo una levitación; yo no la llegué a ver porque había tal cantidad de gente; pero todo el mundo decía:
-- ¡Se está elevando, se está levantando del suelo!
pero yo no lo vi. A quien vi fue a Loli, a Loli la vi en levitación. Era muy corriente eso.
Conchita, la primera noche de los gritos, no estuvo, porque estaba enferma en casa; tuvo el éxtasis, pero no salió. Incluso escribió una carta que yo no sé para quién era. Sin mirar y en el aire, escribió la carta perfectamente. Había muchísima gente que lo vió; el papel en el aire, sin apoyar en ningún sitio.
Tampoco vi el milagro de la forma. Me dijo ella una noche:
-- Mamá, si quieres, te digo el milagro, el milagrucu.
Lo había anunciado a otras en el pueblo, pero a mí no. Yo de esas cosas nunca quise saber nada antes que otros, porque me parecía una cosa tan grande. Yo quería esperar como todo el mundo; nunca le pregunté nada, nunca jamás; pero decía ella:
-- Te lo puedo decir.
Aquí mismo estaba mi hermana, y dice:
-- Di que sí, dilo.
-- Di que no, no lo digas, a mí no me digas nada, ya lo veré.
Y entonces me dice.
-- ¡Mamá!, me ha dicho la Virgen que te lo diga.
-- ¡Ah! Pues si te lo dijo la Virgen, entonces haz lo que quieras; pero a mí no me interesa porque yo quiero ser una como todo el mundo, como si no fuera yo nada, cuando lo vean los otros lo veo yo también.
Y entonces va y dice ella:
-- Pues es que se me verá la forma el día que comulgue.
- ¡Uy!, ¿y eso me dices que es un milagrucu? Eso es el mayor milagro que puede haber en el mundo, lo mayor que hay: la Eucaristía.
-- Pero entonces, tú, después que se dé este milagro, ¿creerás?
-- Sí, sí, totalmente.
Me puede decir el Padre Santo: pues no es verdad, que esto fue un fenómeno a algo así. Yo me quedaré con lo que dijo el Padre Santo, pero para mis adentros yo me quedo con que tú comulgaste de las manos de un Ángel.
Así le contesté, pero yo no lo vi. Estaban tres hijos fuera de casa, uno estaba en casa con las vacas. Yo pensé para mis adentros, y dije: si vienen los cuatro hijos y se juntan, yo me voy a la iglesia y, mientras el milagro, estoy ahí rezando. Que lo vea otro.
Quería hacer un sacrificio. Serafín, el mayor, no vino porque hacía poco había marchado a un trabajo. No me interesé en correr a verle. No lo vi pero sentí los gritos desde casa; había mucha gente. Yo sentí los gritos, unos gritos y digo:
-- ¡Ay, ya me la mataron!
Pensé así, que me la mataban o que me pegaban a los hijos; había Guardia Civil y toda la gente. Yo la pensé muerta. Y digo:
-- Pero, ¿qué pasa?, ¿qué pasa?
-- ¡Que lo vi, que lo vi!
Vino una señora y me cogió por un brazo, me llevaba arrastras:
-- ¡Que lo vi, que lo vi!
--Pero, ¿qué fue lo que viste?
-- ¡Vi la forma!
-- ¡Ah!, bien, si viste la forma, entonces, ¡gracias a Dios!
Yo ya quedé tranquila totalmente. Entonces quedé con una felicidad tan grande que para mí ya se acabó todo.
Aniceta tiene un recuerdo especial para Pepe Díez porque fue el que estuvo al cuidado de Conchita durante el día del Milagro:
Es que ese Pepe, como faltaba uno de los muchachos y quedaba el otro, el más chico, aquí con las vacas, le dije yo que a ver si por favor protegía algo a Conchita. El vio mucho, mucho de lo que pasó. Y era la mía con la que andaba, porque la protegía, con la gente que había y cuando lo de la Comunión visible también estaba allí él. Yo se lo pregunté a él y me lo contó. También estaba Benjamín, que entonces yo no conocía.
Un día me dice uno de los muchachos, Aniceto, el que murió:
-- Madre, hay un señor ahí que quiere coger a Conchita. Yo no le dejé, le dije que te lo pidiera a ti.
Iba ella en éxtasis para arriba, para la calleja, y él me dijo quién era Benjamín. Y entonces yo le dije a Benjamín:
-- Oiga, puede cogerla ahora mismo; Conchita está allí de rodillas en la calleja, puede cogerla.
No sé por qué permití que la cogiera, porque yo no quería que anduviesen con ella. Pero Benjamín era un señor que me parecía bueno y con una cara seria. Se puso a cogerla y no la levantó. Y dije yo, después de que se acabó el éxtasis, que vino aquí a la cocina:
-- Oiga señor, ¿puede volver a cogerla?
-- No, no; para mí ya hubo bastante.
Una noche, andaban unos que tenían mala pinta y Serafín le dijo a don Valentín:
-- Voy a meter a Conchita en casa, no puedo con la gente esta noche.
-- Pues métela, métela en casa.
Llegó Conchita en éxtasis; va Serafín, le abre la puerta, que traía la llave, y la coge aquí. Dice que en su vida ha cogido un peso tan bárbaro, y Conchita tenía 12 años. Que la subió; pero dice que un peso como ese en su vida lo ha visto, pero no la subió nada más que ahí mismo.
Decía Conchita, en éxtasis:
-- ¡Ah!, ¡me quieren cerrar!... pero yo ya ves que me voy contigo.
Serafín al oír esto dijo:
-- ¡Anda, vete, bendita de Dios!
La niña se sentía completamente segura estando con la Virgen. Esto también lo oí yo porque al abrir la puerta me metí para adentro.

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Los testigos

 

Aniceta GonzálezDavid Toribio

Testigo ocular

David tenía 26 años cuando, el 18 de junio 1961, San Miguel Arcángel comenzó a aparecerse a las cuatro niñas, Conchita, Jacinta, Mari Loli y Mari Cruz, preparándolas para la visita de la Virgen. Al día siguiente, estaba él sentado con otros mozos a la entrada del pueblo, cuando acertó a pasar por ahí Conchita. Uno de los jóvenes preguntó a la mayor de las videntes con aire socarrón: «¿Qué? ¿Cómo venía el ángel? ¿Traía zurrón? ¿Traía cachaba? ¿Cómo venía?». Conchita se alejó avergonzada ante las burlas de los muchachos que siguieron mofándose de las niñas, pero solo hasta que vieron el primer éxtasis.

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Aniceta GonzálezAniceta González

Madre de Conchita

"Mi hija es una muchacha muy buena. La llevaba a la Iglesia conmigo. Después del rosario hacíamos un Vía Crucis y rezábamos".
"El 18 de junio de 1961, Conchita vuelve a casa con los ojos llorados", cuenta Aniceta. "Me dijo:
-- 'Mamá, hoy he visto al Ángel'.
-- ¿Al Ángel? Además que viniste tarde, ¿ahora me vienes a mí con esas tonterías? ¡A mí no me hables de eso, eh!
Pensé que me venía engañando para que yo no la regañara. Ella se quedó arrimada a la pared. Yo no le dije nada, pero me dio un escalofrío por dentro, sentí una cosa rara. Me dije: ¿Qué será esto?"

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Serafín GonzálezSerafín González

Hermano mayor de Conchita

"No estaba aquí cuando empezaron las apariciones.

Me enteré la primera vez en Torrelavega. Al llegar a Torrelavega, según nos apeamos en la Estación del Norte. Estaba trabajando por allí un muchacho que había estado conmigo en la mili.

-- "¡Hombre, Serafín! ¿Qué pasa allá por tu pueblo?"

-- "¡Ah, no me digas, no sé! Hace ya dos meses que no estoy allá".

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Miguel GonzálezMiguel González

Hermano de Conchita

"Cuando era joven y trabajaba en el campo, la campana de la iglesia del pueblo tocaba al mediodía. Todos parábamos de trabajar, incluso los que estaban con el ganado, y rezábamos el Ángelus. Después, a la tarde, todos, hombres, mujeres, niños, todos volvían a sus casas para luego ir a rezar el rosario en la iglesia. Y esto sucedía cada día".

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Simón GonzálezSimón González

Padre de Jacinta

"Cuando fue la primera aparición del Ángel, Jacinta lo dijo en casa, a la noche, que habían visto el Ángel y yo no la creía. Nosotros no hablamos nada con nadie hasta que ya se divulgó.
Por la forma que ella se explicaba pensé que había algo. El primer día que fue la gente, yo no fui. Cuando bajan y me cuentan lo que había pasado, digo: ¡Cuánto siento no haber ido yo!"

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María GonzálezMaría González

Madre de Jacinta

"Al principio me costó mucho creer y le decía a Jacinta: ¡Ay Jacinta, antes de nacer me diste molestias y ahora, Dios mío, qué disgustos me estás dando!
Estábamos en la cocina, y me dice Jacinta:
-- '¡Ay, mamá!, estuvimos cogiendo manzanas y ya estábamos en la calleja cuando Conchita dio un grito. Al dar ese grito, quedó mirando para arriba. Miramos y vimos un resplandor nosotras y nos quedamos igual que Conchita'".

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Miguel Ángel GonzálezMiguel Ángel González

Hermano de Jacinta

Miguel es hermano de Jacinta, un año mayor que ella. Tenía 13 años cuando empezaron las apariciones.
"La primera vez que oí hablar de las apariciones fue el día que ellas decían que habían visto al Ángel, el 18 de junio de 1961. Fui a ver los éxtasis cuando fue la mayoría de la gente".

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Laura GonzálezLaura González

Vecina de Garabandal

"Conozco bien a las niñas. En el pueblo de San Sebastián de Garabandal, todos nos conocemos.
Al principio, cuando ellas empezaron a decir que veían al Ángel, pues realmente no las creímos porque ellas iban solas. Pensábamos que era una cosa de niñas. Yo no lo creía, no".

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D. Juan Alvárez SecoD. Juan Álvarez Seco

Brigada de la Guardia Civil

Durante las apariciones, D. Juan Álvarez Seco era brigada de la Guardia Civil, jefe de la sección de Puentenansa, demarcación a la que pertenecía San Sebastián de Garabandal.

"Cuando estaba próximo a mi ascenso a brigada, decía para mí:

-- No quisiera ser destinado por la parte norte".

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José Luis López de San Román Tamayo:

Me llamo José Luis San Román Tamayo, estoy casado, soy padre de familia y quiero decir algo sobre Garabandal.

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