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La Virgen de Garabandal en el Milagro de los Andes, por uno de los supervivientes.

Eduardo Strauch Urioste es uno de los supervivientes del conocido «Milagro de los Andes». La historia fue contada en el libro «Viven» de Piers Paul Read, del que nació también una película con el mismo título. El 13 de octubre de 1972, el avión en el que viajaba Eduardo y que había despegado de Montevideo (Uruguay) con destino a Santiago de Chile, llevando a bordo cuarenta pasajeros y cinco tripulantes, se estrelló a 4.500 metros de altura, en plena Cordillera de los Andes. Dados por muertos, las autoridades renunciaron a su búsqueda apenas una semana más tarde. Fueron rescatados el 22 de diciembre de 1972, después de 72 días de odisea en la que vieron morir a sus familiares y a sus mejores amigos y en la que tuvieron que alimentarse para sobrevivir de la carne de los fallecidos.

La fe y la amistad fueron la fuerza que les sostuvo en esas difíciles jornadas a treinta grados bajo cero, cuando la muerte rondaba a su alrededor. Pero tuvieron una «gran aliada»: la Virgen de Garabandal a la que rezaban sus madres pidiendo el milagro.

Eduardo Strauch Urioste guardó silencio sobre la dramática vivencia durante treinta años. Después comenzó a hablar. En 2012 recogió su experiencia, madurada por años de reflexión, en un libro «Desde el silencio». Les ofrecemos a continuación los párrafos en los que Eduardo habla del rescate, que relaciona conmovido con la oración que su madre —y otras personas, entre ellas la primera dama de Uruguay en ese momento— dirigieron a la Virgen de Garabandal, aparecida «en la montaña».


Libro de Eduardo StrauchDel libro «DESDE EL SILENCIO» de Eduardo Strauch Urioste, sobreviviente de los Andes.

Más de uno habrá pensado que de su sentir tenía poco fundamento, pero la recepción de una señal es algo muy íntimo y casi intransferible, porque va más allá del elemento concreto que la produce y se complementa en la conciencia de cada uno.

Así lo sentí yo en la mañana del 22 de diciembre, cuando desde la pequeña radio portátil en medio de los Andes, donde la recepción era siempre defectuosa y débil, comenzó a oírse, límpido e intenso, el «Ave María» de Gounod, y yo supe de inmediato que los jóvenes de los que estaban hablando vagamente en el informativo eran Roberto y Nando, que habían logrado llegar.

Momentos después escuchamos la confirmación de que efectivamente eran nuestros compañeros los que por fin habían alcanzado su destino. Pero para mí la noticia había llegado antes y de un modo distinto. Este tipo de hechos puede resultar inexplicable, pero se trata de un mensaje personal que apela a lo más profundo de uno mismo. En ese caso, el mensaje tenía el vehículo de la belleza de la música y la emoción que me causaba, en conjunción con el momento de escucharla, cuando el sol estaba asomando tras el Sosneado, y con lo insólito de la calidad de la recepción. Todo ello influyó para que yo reconociera en el «Ave María» una señal inequívoca de que seguiríamos viviendo, porque nuestros amigos habían conseguido su objetivo.

Algunas veces la reiteración de lo casual nos hace percibir ciertos hechos como señales. Mi madre, en esos días de angustia en que la sociedad nos daba por muertos, había recibido folletos de la Virgen de Garabandal a los que no había prestado demasiada atención. Un día, mientras rezaba en la Iglesia, sintió que le tocaban el hombro. Alguien se inclinaba hacia ella y le mostraba un libro. Enseguida reconoció a su amiga China Herrán de Bordaberry, en ese entonces la primera dama de Uruguay, quien le contó que el pueblo español de San Sebastián de Garabandal, habían estado ocurriendo milagros asociados con unas apariciones de la Virgen. Entonces mamá interpreto ese cúmulo de coincidencias como señales para que dirigiera sus oraciones a esa advocación de María, que tiempo después vengo a saber que en España algunos llaman casualmente «la Virgen que subió a la montaña» porque el lugar de sus apariciones fue en lo alto de la cadena cantábrica.

Poco más de un mes más tarde mamá se enteró, por una llamada de su hermano Pepe, de que había aparecido dos sobrevivientes de nuestro vuelo, y sin saber aún si yo estaba en la lista, tomo el primer avión para Santiago en compañía de otros padres. Por otra extraña coincidencia, en el mismo vuelo viajaba un sacerdote que venía de presenciar unos milagros en Garabandal. Cuando mi madre llegó a San Fernando, otra madre feliz, la de Carlitos, le confirmó que yo me había salvado.

 

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