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¿Casualidad o providencia?

La mañana del pasado jueves 2 de agosto de 2018 iba a cambiar mi vida, mi visión con respecto al tema de la Virgen de Garabandal, una desconocida para mí hasta ese momento.
Unas de mis mejores amigas nos habían propuesto, a mi familia y a mí, viajar a Garabandal (Cantabria) para conocer el lugar y visitar a la Virgen que se había aparecido allí. Ellas son muy creyentes y forman parte del Hogar de la Madre. Yo también soy creyente, católica practicante, catequista…, pero desconocía el fenómeno de Garabandal, y la verdad es que ese día iba un poco escéptica y llena de dudas. Siempre me he considerado una persona con mucha fe, pero no me gusta que me den “gato por liebre” ni dejarme llevar por falsos videntes o sucesos fingidos.
 

Llegamos a un pueblo muy sencillo, enclavado en un paisaje precioso perdido entre las montañas. A lo largo de esa mañana, un voluntario, Juan, nos puso un vídeo y nos fue explicando cómo iban teniendo lugar las apariciones, las casas de las videntes, etc. A medida que Juan y otra voluntaria hablaban con tanta fe, en mi interior yo tenía una gran lucha interna y me debatía entre si aquello era verdad o no. En una de aquellas explicaciones, yo me quedé a solas con mi marido, porque soy una persona de movilidad reducida, y no podía subir a uno de los sitios donde estaba teniendo lugar la última explicación de la mañana. En esos momentos, en silencio, le pedía a Dios y a la Virgen que me dieran luz para saber si aquello que estaba presenciando había sido verdad o no. Me enfadaba conmigo misma por ese diálogo con la Madre, por esas dudas… Solo quería alguna señal, algo que me ayudara a salir de mi incertidumbre. Si yo tenía esta conversación con la Virgen es porque ella y su Hijo siempre me han hablado muy clarito a lo largo de mi vida y siempre me he ido guiando por sus palabras o sus gestos. Mi vida ha estado plagada de “casualidades” divinas y de seguir caminos que nunca hubiera seguido por motu proprio.

Pasó la mañana. Oía testimonios de personas de allí y quedamos en encontrarnos por la tarde en el pinar donde había estado la Virgen varias veces. Fue una tarde muy bonita, tranquila y, sobre todo, muy espiritual. Cuando llegamos arriba nos encontramos con una perspectiva paisajística preciosa: las montañas, algunas casas dispersas a lo lejos, brisa, sol radiante… Allí estábamos unas veinte personas, más o menos, en silencio o rezando en voz baja. En mi interior, a medida que transcurría la tarde, iba experimentando una quietud y una paz interior difíciles de explicar. Después estuvimos en la iglesia del pueblo, y mi tranquilidad y confianza en la Virgen iban creciendo un poco más, pero todavía no estaba segura.

Llegó el día siguiente, el viernes. Fuimos mis amigos, mi familia y yo a la playa del Sardinero. Era el 3 de agosto. Yo no me quería bañar y me quedé en el paseo marítimo sentada en mi silla de ruedas, viendo cómo todos se bañaban. Yo, mientras, leía un librito sobre las apariciones de la Virgen, que había comprado la tarde anterior en Garabandal. Yo leía lentamente y meditando cada suceso o hecho que ocurría mediante las apariciones, y había una cosa a la que no paraba de darle vueltas: el hecho de que, cuando una persona no creía en la aparición de la Virgen, se escondía en el sitio más recóndito o remoto de una casa o del pueblo, y bastaba con que pensara que si era verdad la aparición de la Virgen para que apareciera una de las niñas videntes en éxtasis con el crucifijo para besarlo, y así empezaban a creer y se convertían. Mientras yo leía y meditaba esto, había una idea que me rondaba por la cabeza, y era cuán fácil lo habían tenido los incrédulos de los años 60 para creer, porque se les aparecía la imagen del crucificado portado por las niñas y llegaba hasta ellos para convencerles.

La mañana fue pasando y llegó el momento de irnos de la playa, y mi marido se fue a por el coche. Yo ya había cerrado el libro para así estar más pendiente de mis tres hijos, ahora que estaban solos, pero mi cabeza se iba una y otra vez a la prueba del crucifijo. En estas estaba, cuando, de repente, se acercan a mí dos chicas de unos 18 años. Me preguntan si creo en Dios y si pueden hablarme de Jesús. Las miro, y llevaban puesta una camiseta negra con unas letras blancas mayúsculas que decían: “DIOS EXISTE” (en una) y en la otra “DIOS ESTÁ AQUÍ”. Me hablaron de la Pasión de Jesús, de su Resurrección, etc. Yo estaba en silencio, a la expectativa; no terminaba de fiarme. Yo soy catequista, pero en ningún momento les comenté nada de mis creencias; quería saber hasta dónde llegaban y si eran de fiar o no, pero el mensaje de su camiseta empezó a causarme cierta desazón en mi interior. Después me comentaron que eran un grupo de jóvenes voluntarios de distintas nacionalidades que iban recorriendo España y otros países a lo largo del verano para dar a conocer el mensaje de Jesús. Posteriormente, me preguntan si pueden pedirme un favor. Aquí, mis sentidos vuelven a ponerse en alerta. Yo pensaba: “Estoy sola, mis hijos, por aquí. ¿Serán una secta? ¿Me pedirán dinero?”. “Sí, ¿cuál?”. Les contesté yo. Y me respondieron que si podían rezar por mí. Se pusieron de rodillas, me tocaron la cabeza y las piernas con sus manos y empezaron a rezar una oración de sanación -me dijeron-, para que el Señor me curara y me diera su bendición. Cuando acabaron, me preguntaron que si podíamos rezar ellas, mis tres hijos, una de mis amigas y yo, todos juntos y con las manos unidas la oración de la fe. Yo ya no daba crédito a todo el cúmulo de sensaciones que estaba viviendo en ese momento. Como despedida, estas “apóstoles” nos piden a mis hijos y a mí rezar un padrenuestro por todos los hombres del mundo y otra oración. Mientras estábamos con las manos unidas, yo notaba que, aunque habláramos distinta lengua y fuéramos de sitios tan lejanos entre sí, todos estábamos unidos por una corriente y una energía muy especial: JESÚS. Terminaron, nos dimos un fuerte abrazo, les deseé lo mejor en su vida y su misión. Y, cuando se dan la vuelta y se marchan…, veo en la espalda de su camiseta llevaban pintada una CRUZ. Casi me echo a llorar de la emoción. ¡La cruz, la cruz, la prueba que yo llevaba pidiendo insistentemente como una niña pequeña durante toda la mañana!

Todo esto había empezado a la una menos cinco, aproximadamente, y ahora era la una y cuarto. Yo estaba profundamente impresionada y compartí con mis hijos todo lo que estaba viviendo en ese momento. Llegó mi marido corriendo, porque tenía el coche mal aparcado, y nos fuimos corriendo de allí. En nuestro rápido caminar pasé por delante del grupo de jóvenes al que pertenecían mis dos “conocidas”; la mayoría estaban de espaldas y vi un montón de cruces seguidas. Llegamos a nuestro alojamiento, a nuestra habitación, enciendo el móvil para ver si tenía mensajes, correos, etc. -no lo había visto en toda la mañana-, y mi sorpresa es mayúscula cuando veo que tengo un whatsapp que había llegado a la una menos cinco -la misma hora de mi “suceso” en la playa- y que era un vídeo que me había mandado una monja muy amiga mía de la Congregación de Hermanas Hospitalarias de Jesús Nazareno, y ese vídeo era de la Virgen María y sus diversas advocaciones, acompañado de una canción preciosa y muy poética dedicada a la Virgen. La Hermana Mª José no sabía ni que el día anterior había estado en un santuario mariano ni nada. ¿Casualidad? ¿Qué le movió a mandarme ese vídeo de la VIRGEN ese día y a esa hora? Casi se me cae el móvil de las manos cuando abrí el vídeo mientras resonaba en mi cabeza las palabras de: “Mujer de poca fe, ¿crees ahora ya? ¿Qué más pruebas necesitas?”.

Unos pensaréis que son meras casualidades, una detrás de otra, otros que por qué la Virgen iba a querer demostrarme a mí, precisamente a mí, a una pecadora como cualquier otra y sin ninguna influencia en la jerarquía oficial, la veracidad de sus apariciones en un lugar como Garabandal. En fin, como os dije al comienzo de estas líneas, para mí las casualidades no existen, pero la providencia sí. Lo que yo sí tengo claro es que la Virgen me habló ese viernes 3 de agosto a través de distintas señales que cada persona interpretará como quiera, según su grado de fe y creencia. Solo Dios y la Virgen lo saben.

 

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