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Una curación sorprendente: «Material y científicamente imposible».

montse

Francisco salió corriendo detrás de ella. Él sabía que Montse no era capaz de correr así. Nunca. Y menos en medio de una crisis. En su corazón se abrió una sospecha: «¿Sería un milagro?».

Montserrat Moreno y su esposo, Francisco Santiago, no iban a Garabandal buscando un milagro, sino solo para rezar y descansar. Montse llevaba tiempo seriamente enferma de espondilitis anquilosante y de una fibromialgia V de larga evolución. En este artículo, ellos mismos nos cuentan cómo fue esta sorprendente curación.

Montserrat Moreno y su esposo, Francisco Santiago, conocieron Garabandal por unos amigos que les hablaron. Lo visitaron por primera vez en torno al año 2008. Montse ya iba enferma, seriamente enferma. Sufría una espondilitis anquilosante —enfermedad degenerativa e incurable de la columna vertebral— y una fibromialgia V de larga evolución. Pero no iban buscando un milagro. Iban solo a rezar y a descansar. El problema de espalda de Montse comenzó a dar los primeros síntomas durante la adolescencia, pero recibió un diagnóstico definitivo cuando tenía alrededor de 30 años. Más de quince años de sufrimiento que Montse escondía detrás de su sonrisa y de su deseo de seguir sirviendo a su familia.

Pero el día a día de Montse era duro. Los dolores eran continuos y, a veces, estallaban en crisis que requerían de largas estancias en el hospital hasta que los médicos conseguían controlar el dolor. Los médicos se lo habían dicho ya a Francisco con toda claridad y con toda crudeza:  «Me lo dijo claro. Me dijo: “Ten en cuenta que tu mujer nunca va a venir al hospital a curarse, ella va a venir a que le controlemos el dolor. Y tenéis que mentalizaros de la enfermedad que tiene, porque lo más probable es que termine en una silla de ruedas y con muchos problemas”. Eso lo teníamos asumido, sobre todo ella».

En agosto de 2012, Montse y su familia fueron a unos días a Garabandal. Era su octava visita al pueblo. Querían pasar la fiesta de la Asunción allí. El día 15 de agosto, con su bolsa de medicinas, bajó a desayunar junto con su esposo y sus hijas. En el comedor de la pensión estaban prácticamente solos. De pronto, Montse escuchó una voz que le decía: «No vas a tomar una medicación más». La medicación para el dolor era tan imprescindible para Montse como respirar, pero decidió hacer lo que esa misteriosa voz le pedía. Fue su marido el que, al terminar el desayuno, le recordó: «Las pastillas». Montse respondió: «No voy a tomar ninguna pastilla». Francisco insistió, enfadado ante la incomprensible negativa de Montse. Lo que estaba haciendo Montse era una locura y podía tener consecuencias para toda la familia. Francisco explica su enfado: «Las crisis eran bestiales. No cabía en ninguna cabeza lo que estaba haciendo. Ya estaba mala, porque Montse siempre estaba mala. Ya tenía muchas limitaciones, porque a Montse había que levantarla por la mañana, había que vestirla, había que llevarla al baño porque ella estaba anquilosada. Ella, de madrugada, cuando se tenía que girar en la cama, te tenía que llamar para que tú se lo hicieras, porque ella no podía. Eran una cantidad de dolores, de molestias, que no me cabía en la cabeza que no se fuera a medicar, cuando ella sabía que se tenía que medicar de por vida».

Al salir de Misa en la iglesia parroquial, Montse propuso a su marido subir a los Pinos. Él no estaba convencido de subir. El camino es muy malo. Y Montse iba sin medicar. Pero comenzaron la ascensión Calleja arriba, en dirección a los Pinos: «Subimos poco a poco a los Pinos, y cada vez me sentía peor, cada vez peor. Cuando llegamos arriba, me sentía que me iba a morir. Me dolía todo».

Francisco se dio cuenta del malestar de su esposa. Pensó que era una crisis y quiso bajarla cuanto antes de los Pinos y llevarla a un hospital. Ella se encontraba tan mal que no era capaz ni de decirle que no era una simple crisis, que se sentía morir. A pesar de encontrarse tan mal, Montse no quiso bajar por la pista, se empeñó en bajar por donde había subido, por la Calleja. Agarrada al brazo de su esposo bajó lenta y fatigosamente por la ladera del Jormazu. Al llegar a la Campuca, la explanada natural que se abre ante la Capilla del Ángel, Montse se paró en seco. Casi no tiene recuerdos, salvo la voz de su marido como de fondo preguntándole: «Y ya no recuerdo nada más, solo que salgo corriendo, corriendo por la montaña abajo, pero corriendo, como se dice, en cero coma dos segundos, hasta llegar a la posada».

Francisco salió corriendo detrás de ella. Él sabía que Montse no era capaz de correr así. Nunca. Y menos en medio de una crisis. En su corazón se abrió una sospecha: «¿Sería un milagro?». No se quería hacer ilusiones, pero la realidad era que Montse corría y que él no era capaz de cogerla. Ya en la posada, Montse se metió en la cama y se quedó dormida al instante. Era la cosa más rara del mundo, porque Montse nuca se tumbaba durante el día. No lo hacía porque, si te tumbaba, se le anquilosaba la espalda y luego no se podía levantar. Su esposo lo sabía mejor que nadie: «Montse dormía muy poco. Dormía por la noche porque no le quedaba más remedio. Pero luego, por la mañana, no se podía levantar. La tenía que levantar yo poco a poco. Y tardaba horas en poder moverse». Pero Montse se había quedado dormida. Y estuvo dormida más de dos horas. Francisco se sentó a su lado con un único pensamiento en la cabeza: «Yo recuerdo estar sentado, mirándola, diciendo: “Yo solamente quiero ver cómo reacciona cuando se despierte”. Eso es lo que yo quería ver. Y entonces, se despertó. Y se levantó. Ella sola. Pero de un golpe. Y dije: “No necesito ver más”».

Esto era 15 de agosto de 2012. Y desde entonces, Montse no ha tenido más molestias. Pero la historia de Montse no termina aquí. En la siguiente revisión con su traumatóloga, un año después, la doctora preguntó: «Montserrat, ¿cómo se encuentra?». Montse dijo la verdad, que estaba muy bien. La doctora insistió: «¿Es que no le duele nada?». «No», respondió Montse. La doctora estaba confundida: «¿Qué está tomando usted de todos estos medicamentos que tiene prescritos?». Montse dijo: «Nada». La doctora no podía explicarse lo que estaba pasando. Al contrastar las pruebas hechas ese verano con las del verano anterior, los datos no encajaban: las resonancias magnéticas, los resultados de unos análisis muy específicos llamados HLA-B27… Habían desaparecido todas las señales de la enfermedad. La doctora insistió: «Pero ¿no le duele a usted nada?». «Nada», dijo Montse, que no se atrevió a revelar lo que había sucedido en Garabandal el verano anterior: «Entonces, la doctora —tengo todos los documentos— no pudo poner milagro en mi informe, pero puso “espondilitis anquilosante sin actividad y en remisión”. Y me dijo, y repito sus palabras textuales: “Esto es material y científicamente imposible”. Puedes encontrarte un poco mejor en algunas temporadas, pero, ¿“sin actividad y en remisión”?, ¿una espondilitis? ¡No! Es obvio que no. Es una enfermedad incurable y degenerativa. Por eso digo que me tuvo que poner en el informe eso que digo… La doctora es una persona muy seria, y no me dejaba salir de la consulta, porque no acababa de entender lo que me estaba pasando. Le pregunté: “Entonces, ¿qué pasa, que estoy curada? ¿Que esto no existe ya?”. Y dice: “¡No!”. Cogió un rotulador fosforescente y subrayó encima de donde había escrito “espondilitis anquilosante sin actividad y en remisión”. Me dio el papel y le dije: “¡Buen día!”. Me marché, y hasta hoy».

Montse conserva toda la documentación médica, incluida esa hoja en la que la doctora expresó su incapacidad para explicar lo que estaba pasando, subrayando en verde fosforito su incongruente diagnóstico: «espondiloartropatía seronegativa HLA B27+ sin actividad (en remisión)».

 

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