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  • Anécdotas

    del tiempo de las apariciones
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La medalla de Josefa

medalla josefa

Esta anécdota la cuenta David Toribio, uno de aquellos mozos que, en época de las apariciones de San Sebastián de Garabandal, custodiaban a las niñas de la curiosidad de los visitantes y las protegían frente a las aglomeraciones que se formaban.

Las protagonistas son Matilde y Josefa, dos vecinas del pueblo. Parece como si David las estuviera viendo aún. Este hecho debió ocurrir durante las primeras semanas de los fenómenos. Matilde había ido a comprar pan a la tienda de Josefa. De camino, vio que las niñas estaban en éxtasis en la calle Cabellera. Entró en la tienda y le dijo a Josefa: «Despáchame, despáchame pronto que hay aparición en la calle Caballera y quiero que la Virgen bese mi cadena, que no me la ha besado todavía». Josefa, atada a la responsabilidad de su mostrador, le respondió: «Ay, yo no puedo ir. Ponte la mía con la tuya y luego me la traes».

Matilde fue a su casa a dejar el pan. No se entretuvo. Corriendo se dirigió al lugar donde las niñas estaban teniendo la aparición. Consiguió hacer llegar las dos cadenas a las niñas. Una vez besados los objetos religiosos, las pequeñas los fueron devolviendo a sus dueños, como siempre, en éxtasis, con cabeza echada hacia atrás, mirando hacia el cielo, pero sin cometer un solo error. Había mucha gente, y con la emoción del momento, Matilde no se dio cuenta de que la niña solo le ponía la suya, pero no le devolvía la de Josefa. Cuando ya la aparición había terminado, Matilde tomó la medalla entre los dedos y se la acercó a los labios para besarla. Solo entonces se dio cuenta de que le faltaba la medalla de la amiga. Toda afligida exclamó: «¡Ay, Dios mío! ¡Qué gorda! Se perdió la cadena de Josefa».

Intentó llegar hasta las niñas para explicarles lo sucedido y que pidieran a la Virgen ayuda para encontrarla. Pero había tanta gente que le resultó imposible acercarse. Se dio media vuelta mientras se decía: «Ay, qué tristeza tengo. Voy a decírselo a Josefa, por lo menos que lo sepa».

Nada más ver a Matilde entrar en su tienda con esa cara de pena, Josefa se echó a reír. Matilde le dijo: «Tú ríete, ríete, que fue la cadena tuya la que se perdió. Así que, ya lo sabes». Pero Josefa no cambió el gesto, al contrario, toda risueña exclamó: «No, no, la cadena mía no se perdió. Mírala, la tengo aquí. Me la trajo una niña hasta aquí». Sobre decir que la sorpresa de Matilde fue mayúscula.

Una vez más, debemos repetir las mismas preguntas. ¿Cómo es posible? Las niñas ya estaban en éxtasis cuando les llegaron esas medallas… ¿Cómo sabían de quién era cada medalla? ¿Cómo sabían que, de las dos cadenas que Matilde le daba, una era de Matilde y la otra no? Quizás no sabemos cómo responder a estas preguntas, pero lo que sabemos es que Josefa recuperó su medalla, porque una niña en éxtasis se la llevó ¡hasta el mismo despacho donde vendía el pan!

 

 


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