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En la muerte de David Toribio, testigo de Garabandal.

2013 10 27 David Toribio

El 15 de abril de 2020 falleció, a los 85 años de edad, David Toribio, uno de los más importantes testigos que quedaba vivo de las apariciones de la Virgen en Garabandal. Con cuánta paciencia repitió David los hechos que había presenciado a cada uno de los cientos, o quizás miles, de peregrinos que le preguntaron a lo largo de los años. Con qué fuerza declaraba: «Cada día estoy más seguro de que fue cierto, cada día más todavía». Pero David no siempre habló con la misma certeza sobre la sobrenaturalidad de las apariciones de Garabandal. Para comprenderlo, tenemos que remontarnos a los días de las apariciones.

David tenía 26 años cuando, el 18 de junio 1961, San Miguel Arcángel comenzó a aparecerse a las cuatro niñas, Conchita, Jacinta, Mari Loli y Mari Cruz, preparándolas para la visita de la Virgen. Al día siguiente, estaba él sentado con otros mozos a la entrada del pueblo, cuando acertó a pasar por ahí Conchita. Uno de los jóvenes preguntó a la mayor de las videntes con aire socarrón: «¿Qué? ¿Cómo venía el ángel? ¿Traía zurrón? ¿Traía cachaba? ¿Cómo venía?». Conchita se alejó avergonzada ante las burlas de los muchachos que siguieron mofándose de las niñas, pero solo hasta que vieron el primer éxtasis. En ese momento, su inicial escepticismo se truncó de cuajo. Confesaba David: «Nos quedamos… Porque las niñas ya no eran ellas. Todo había cambiado en ellas: su sonrisa, su forma de hablar... No se las conocía. Fue una sensación super fuerte» (sic). David no podía evitar conmoverse recordando la relación de las niñas con la Virgen: «Era una relación como muy íntima, como de un grandísimo amor. Se ponían contentísimas. “Ay, ¿ya te vas? Si has estado un minutín nada más”. Ellas querían estar con Ella. La relación era increíble» (sic).

En ese primer verano de 1961 casi todos los éxtasis tenían lugar en la llamada Calleja, un camino de piedras, a las afueras del pueblo, que sube hasta los Pinos. Al cabo de unos días, al correrse la voz, un número cada vez más creciente de forasteros se fue reuniendo alrededor de las niñas extáticas. Los mozos tuvieron que salir al paso para protegerlas de la multitud. Con unas estacas bien clavadas al suelo y unos tablones, los mozos prepararon un espacio al que dieron el nombre de «El Cuadro». Allí dentro solo podían estar las niñas y, junto a ellas, los médicos y sacerdotes autorizados por las familias. Y ya era bastante porque, como recordaba David: «Cuando estaban de rodillas, en éxtasis, las clavaban cosas en las piernas, las quemaban. ¡Las hacían barbaridades!». Cuando las niñas comenzaron a salir del Cuadro, recorriendo en sus «marchas extáticas» las calles del pueblo, los mozos trataban de seguirlas para protegerlas. Y el día del anuncio del primer mensaje de la Virgen, el 18 de octubre de 1961, también estuvieron allí, organizando una cadena humana para rodearlas e impedir que las aplastaran.

Desde esa posición privilegiada, David vio cosas increíbles que le marcaron profundamente. Pero «después —como explicaba él— venían los comentarios de gente entendida, y te encontrabas como entre dos aguas». Bajaba a la Feria de Ganado de Torrelavega, donde los ganaderos de otras poblaciones estallaban en mofas y chanzas cuando se enteraban que venía del pueblo de las apariciones, y quedaba confundido. O leía en los periódicos que «lo de Garabandal era un juego de niñas» o un problema de «cuatro niñas histéricas» y, se decía: «Pero, ¿cómo es posible que digan esto los periódicos? ¿Cómo es posible que hable así esta gente que dice que sabe, que dice que entiende? Y ya un día dice uno, no sé si fue Ángel, el de Victoria: “¿Qué será más importante, lo que vemos nosotros con nuestros propios ojos, o lo que dice y escribe esta gente?”. Le respondimos: “¡No, hombre! ¡Es mucho más importante lo que vemos!”. “Ah, pues entonces ellos dicen una cosa y nosotros vemos otra”. Fue un tiempo difícil. Fue un tiempo raro».

Los pobres bastianos, que ese es el gentilicio de las gentes de San Sebastián de Garabandal, sufrieron mucho en esa época. Pero luego, volvían a ver a el abrumador despliegue de signos extraordinarios e inexplicables para la ciencia que se acumulaban en los éxtasis, y en su corazón volvía a renacer la esperanza. Como esa vez que tanto le impresionó a David: «Un día que (las niñas) subieron a los Pinos, subió todo el pueblo con ellas. Y estando las cuatro como mirando al Pino donde está ahora la Virgen, en un momento, dan para atrás, y dan para atrás, para atrás, para atrás, de espaldas, y bajaron de espaldas al pueblo. Pero es que hay allí una roca, como de tres metros de alta. Y bajaron de espaldas. Es totalmente imposible. (…) ¿Cómo bajaron las niñas por allí? Eso nadie lo vio. Alguien las bajó. Alguien. Es que es imposible si no». David estaba convencido de que, ese «alguien» que bajó a las niñas por el talud sin que se hicieran daño, fue la Virgen. Por eso repetía la exclamación que escuchó a la escritora Mercedes Salisachs: «Pues si estas niñas no ven a la Virgen, si no es la Virgen quien las lleva, tienen que tener ojos en los pies, porque nunca tropiezan ni caen en los charcos de barro».

Después de un par de años siendo testigo de cómo el Cielo bajaba a su aldea cada tarde, David marchó a trabajar fuera de España. Cuando regresó, al cabo de los años, todo había terminado. Durante bastante tiempo él se mantuvo al margen del fluir de los peregrinos. Hasta que una mañana, hará unos treinta años, «ocurrió lo del rayo en los Pinos» (sic). Ese día, David cambió radicalmente de actitud.

¿Qué fue lo que pasó? «Una noche cayó una tormenta muy grande. A mí me despertó un trueno potentísimo. Tembló la casa. Y yo pensé para mí: “Cayó un rayo en el pueblo”». Pero el caso es que, al salir de casa, comprobó que no, que el rayo no había caído en el pueblo. David tuvo una especie de presentimiento: «Ha caído en los Pinos». Efectivamente, el rayo había caído en uno de los Pinos, exactamente en el segundo Pino según se sube desde la Calleja: «Voy a los Pinos y, sin llegar arriba, veo la faena. Yo aluciné. Ese día aluciné. Fue un milagro impresionante» (sic). En aquel momento había en ese árbol una imagen pequeña de la Virgen del Carmen sobre unas pletinas de hierro. La habían puesto unos valencianos en el mismo año 61 y allí se había quedado, aunque más tarde, en el Pino central se colocó otra imagen de la Virgen en una hornacina a la que la gente se acercaba a rezar. David explicaba: «Cuando (el rayo) cae en un árbol, es como un hilo conductor, y el rayo tiene que bajar por el árbol hasta abajo, hasta que se ahoga en tierra o en agua. (El rayo) cayó en una rama de estas muy larga y fue al tronco que era así, muy gordo. Bajó por el tronco abajo y, al llegar a la imagen, desapareció. Hizo un arco y (saltó) al primer pino que hay. El rayo rompió las ramas del primer pino. Yo me quedé alucinado. Es que, si hubiera seguido, si no hubiera hecho este arco, habría atropellado a la Virgen, la habría destrozado toda. Ahora la imagen ya la quitaron, aunque se ven todavía las pletinas de hierro donde estaba posada la chapa de acero. Pero se puede ver cómo el rayo no siguió».

Para los que hemos nacido «niños de piso», puede que esta anécdota no nos diga gran cosa. Pero un hombre como David Toribio, nacido y criado en la montaña, que convivía con las leyes de la naturaleza y sabía que estas son inmutables, comprendió que estaba ante un milagro, ante una nueva señal de sobrenaturalidad. El rayo había sido desviado de su recorrido natural para evitar que dañase la imagen de la Virgen: «Yo ese día me quedé… Estuve llorando allí. Porque nosotros, que conocemos los montes y sabemos cómo funciona esto… Pues claro, era algo increíble. Aquel día, me acordé de cosas (que había visto durante las apariciones) y le prometí a la Virgen, allí, de rodillas, que mi cambio sería total, porque tenía que serlo. ¡Tenía que serlo!».

En los últimos años de su vida, era frecuente encontrar a David, al anochecer, en la Calleja, el lugar donde había sido testigo de tantos acontecimientos. Paseaba en silencio, rumiando sus recuerdos, y el recuerdo se hacía oración, porque para él, recordar lo vivido en ese lugar era entrar en diálogo con Nuestra Madre del Cielo. Si acertabas a encontrarlo en esos momentos, comenzaba a murmurar en voz queda: «¿Saben? ¿Saben lo que pasó un día?». Y te llevabas de regalo un retazo más de la preciosa historia vivida en esas montañas entre la Virgen del Carmen y las cuatro aldeanucas.

Rezamos por el alma de David, deseando de corazón que este hombre bueno, que poseía la sabiduría de las almas sencillas que se abren a Dios, esté ya en el Cielo viendo el rostro de Nuestra Madre.

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